viernes, 28 de marzo de 2014

Lola, mi suegra

Estaba deleitándome con un vino de Navarra, cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.

 Sentí que la mano venía mal barajada, ya que no había contado con la posibilidad de que mi mujer se enterara del mensaje. Con el rostro encendido, una flojedad desconocida en las piernas, un intenso deseo de desaparecer y una fingida presencia de ánimo, atiendo el llamado.

 —¡Hola! ¿Qué es eso de un mensaje mío en una botella? No entiendo el chiste. —Sabes perfectamente de qué te hablo. Sólo a ti se te pueden ocurrir estas majaderías. El mensaje estaba en una botella de vino de Navarra, ese mismo del que siempre disfrutas y seguramente estará presente en este momento en tu mesa. Flotaba en mi piscina. ¿Por qué no te confiesas?

 Imaginé a Lola con un biquini diminuto, extendida en la reposera junto a la piscina, exponiendo los glúteos al sol y con el sujetador desprendido. Rogaba que el palurdo de mi suegro no anduviera husmeando cerca.

 —¡Pero, mi querida suegra! ¿En qué momento podía haber llevado la botella? ¿Qué dice el mensaje que no podría haber dicho personalmente?

 —¡Vamos, Marito! Eso de “tu querida” es en realidad lo que pretendes. Y no me llames suegra. ¡Te mueres por decirme Lola! Podías haber dejado la botella en cualquier momento, ya que vienes seguido por casa. El mensaje era tan atrevido que se lo mostré a Ricardo y, en este momento, está yendo para tu casa.

¡El palurdo! Iba a colgar para esconderme bajo tierra cuando escucho la risa de Lola.

—¡No te asustes! Ricardo viajó y no le dije nada. Hoy a las cinco estaré en la piscina. ¿Sigues teniendo la llave de casa?

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cuestión de Identidad

De una máscara a otra, hay siempre un yo penúltimo que pide. - Octavio Paz


Cuando Helena vino por primera vez a mi taller de narrativa —con un traje sastre de seda rústica color gris—, me produjo una impresión muy pobre. Gorda, tímida, con una mirada huidiza y un tono de voz excesivamente bajo, expresó su deseo de aprender a escribir cuentos, aunque creía no tener condiciones y no sabía si continuaría luego del primer mes. Era una prueba que, desde niña, había anhelado realizar.
Llegaba puntual —cada día con un vestido diferente, sobrio y de diseño exclusivo—, se sentaba en el lugar más apartado, escuchaba sin participar mientras tomaba apuntes en su cuaderno con la mirada fija en él y se retiraba sola, sin conversar con nadie. Pasaron más de tres meses hasta que me entregó su primer trabajo.
—Por favor, no lo lea en clase. Es malo. Me da vergüenza—, dijo con la mirada baja mientras el rubor invadía sus mejillas. Adiviné, más que oí, el susurro de sus palabras, tapado por el incontenible torrente oral vertido al mismo tiempo por el resto de mis alumnos.
Antes de acostarme, comencé a leer el relato de Helena sin ganas y presintiendo su mala calidad. A medida que me introducía en él, la sorpresa me iba ganando. Sentí vivos a los protagonistas, estaban allí, los oía murmurar, sus emociones y las mías se mezclaban, la tensión del momento me hacía apurar la lectura, la letra se volvía borrosa con la turbidez de las lágrimas; y el final inesperado explotó en una culminación dramática incontenible.
Poco a poco —casi sin quererlo—, fui volviendo a la realidad. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tenía frente a mí una obra maestra, un cuento sintético, redondo, con un opus coronat digno de un escritor de oficio. Entonces comprendí que yo era uno de los pocos privilegiados, si no el único, que empezaba a vislumbrar a la verdadera Helena. Con su máscara pobre y mimética, ella ocultaba el fuego, la pasión bullente en su espíritu y que manifestaba solamente a través de sus personajes.
En la siguiente clase opiné sobre el material recibido y, llegado su turno, alcancé a escuchar en un hilo de voz, “después”. Llegué a la costumbre de quedarme a solas con ella, luego de retirarse el resto de mis alumnos, para conversar sobre el material que me iba entregando. Los escasos diez minutos que comencé a dedicarle, se fueron ampliando a medida que crecía mi curiosidad y lograba atravesar su coraza de protección hasta adentrarme en los estratos más profundos de su personalidad tan celosamente guardada. Para descubrir su naturaleza le hablé de cómo todos nos embozamos aparentando aquello que no somos. Puse mi ejemplo: un fracasado — mentí con el fin de ganarme su confianza—, que para sobrevivir con su taller de narrativa debía escudarse tras una máscara de escritor con oficio y seguro de sí. Al burlarme de mí, logré que ella se riera de su mezquino disfraz. La llevé hasta el botiquín del baño y le mostré el frasco lleno de píldoras tranquilizantes que debía tomar para vencer mis depresiones; de este modo conseguí que hablara de su propia neurosis.
Comprendí entonces que la esencia de su carácter era casi inexistente y crecía de afuera hacia adentro bajo el influjo de la tradición, las “máscaras del pasado”, la sociedad, la opinión de quien conversara con ella. Su vasta cultura, lo auténtico, se hallaba completamente encubierto. Cuando logré que Helena manifestara su erudición, debí usar mi propia máscara para ocultar mi ignorancia ante los temas profundos que tratábamos en nuestras conversaciones.
Su memoria era asombrosa y podía recitar poemas enteros en castellano, francés e inglés. Sus padres, inteligentes y de una personalidad muy fuerte —a mi entender castradores y con conceptos familiares arcaicos—, habían fallecido diez años atrás en un accidente automovilístico; hija única, no tenía otros familiares y nunca había tenido amigos, novio o amante. Vivía de la renta proporcionada por el alquiler de seis apartamentos heredados. Pasaba los días recluida, leyendo o escribiendo; ni siquiera salía a elegir las prendas que integraban su numeroso y creciente vestuario. Una modista renombrada concurría a su domicilio.
Puedo asegurar que en un principio no tuve ningún interés especial en Helena. Mi primera intención de dedicar unos pocos minutos semanales a despertar la vocación literaria de una alumna brillante fue cambiando; nos quedábamos conversando entretenidos durante varias horas. Mi indiferencia inicial —y posterior curiosidad—, se fue convirtiendo en admiración. ¡Por fin había encontrado a alguien con quién mantener un diálogo rico e interesante!
Comenzó a venir a casa tres veces por semana, fuera del horario de clases. Poco a poco fui dejando de ver a todos mis amigos y me dediqué a ella. Sólo en esos momentos compartidos me sentía vivo; el resto del tiempo era una interminable espera ansiosa. En forma inexplicable, ese cuerpo que en un principio me pareció regordete, se fue convirtiendo en maravilloso. Mi atracción era tal que empecé a atiborrarme de comida, así engordar y parecerme a ella. Sin darme cuenta modulé mi voz dándole sus mismas inflexiones, imité a la perfección su letra.
Su inexperiencia y timidez en todo lo relativo al sexo fue un afrodisíaco para mí. Con la intención de ir venciendo barreras en nuestra relación amistosa, en cada beso de despedida me acercaba más a su boca, inventaba una caricia nueva, más atrevida, más excitante; imaginaba cada uno de estos gestos como pequeñas llamas capaces de encender su curiosidad y despertar la pasión que fluía de sus cuentos.
A pesar de mi deseo —convertido ya en obsesión—, Helena demoró un año en aceptarme como amante. Necesitó seis meses más para vencer trabas y pudores, hasta entregarse libre a todas esas sensaciones nuevas que había ido descubriendo.
Mientras ella se despojaba de todos los prejuicios acumulados desde su niñez, yo comprendía que el encanto había desaparecido. Lo que en un principio fue un reto a mi hombría, un desafío a mi capacidad de seducción, derivó en gozos totalmente opuestos. ¿Cómo explicarlo? Luego de hacer el amor —que llegó a producirme un gran desasosiego—, empecé a maquillarme como ella, a vestirme con su ropa, a rociarme con sus deliciosos perfumes franceses, a imitar sus gestos, su forma de hablar, de caminar. Al principio creí que lo hacía para despertar su hilaridad y disimular el rechazo sexual que estaba experimentando. Más tarde, advertí sorprendido que me gratificaba, sentía verdadero placer en esas transformaciones que continué realizando no solamente en su presencia.
A medida que Helena perdía sus inhibiciones en la cama, sus cuentos crecían en audacia. La convencí de que interviniera en certámenes literarios; comenzó a ganarlos y ello la motivó para seguir compitiendo. Después de obtener un premio muy importante —que provocó un escándalo eclesiástico y la difusión de varias diatribas en los principales periódicos de bien pensantes miembros de diversas Ligas—, una editorial la llamó para publicar la obra premiada. La citaron para el día siguiente por la mañana con la intención de firmar un contrato muy interesante. La invité a mi apartamento y preparé una cena con sus platos preferidos, además de champaña; el acontecimiento lo merecía.
Llegó con un vestido muy escotado de crêpe bordado con canutillos y piedras, color fucsia, ceñido al cuerpo, la espalda descubierta y con un pronunciado tajo al costado. Me produjo un deseo inmediato. De probármelo. Para ese entonces me había depilado el pecho y éste comenzaba a henchirse con la ayuda de hormonas femeninas que me estaba inyectando. Me di cuenta —a través de sus gestos, las palabras, la entonación de su voz, la fragancia fascinante que emanaba de toda su piel—, de que quería seducirme. La alumna había superado al maestro.
Le entregué un ramo de flores, cenamos a la luz de las velas y terminamos las dos botellas de champaña. Por primera vez, desnudos y de madrugada, logré que se quitara completamente la máscara.
Descubrí el desasosiego, su inestabilidad emocional, el vacío interior en el que se debatía antes de empezar nuestra amistad. Su vida giraba centrada en actos de renunciamiento, de sacrificio, de expiación. La falta total de sustancia anímica era una amenaza continua a su estima y vivía esa pobreza vital como una maldición. Se daba así la paradoja de que pudiese alcanzar dicha sustancia mediante el suicidio, que había intentado en numerosas oportunidades.
A partir de nuestro encuentro, su vida cambió en forma radical; comenzó a valorarse como escritora y, sobre todo, se sintió plena de sensaciones femeninas, al encontrarse atractiva, al disfrutar de su capacidad de seducción.
Entonces, una luz se hizo en mi interior. Comprendí, por fin, qué era lo que yo quería. Hablé y hablé, vomité todo hasta la exageración. Le dije del asco que sentía al tocarla, del rechazo que me producía su excitación repulsiva, de que sólo era una pobre gorda grotesca.
Cuando enfiló para el baño con el extraño rostro desencajado, supe lo que ella haría. Me visto con sus ropas, recojo la máscara que Helena abandonara distraída, me la coloco, tomo su cartera y me dirijo, satisfecha, a mi nuevo apartamento, a los perfumes franceses, a los modelos exclusivos; ya comienzo a pensar en el contrato que firmaré dentro de pocas horas con la editorial.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El Secreto

El secreto

Yo te miré a los ojos
cuando era niño y bueno
Tus manos me rozaron
y me diste un beso.
F. García Lorca – “Madrigal”



Cuando recibo la carta —de letra y procedencia desconocidas—, imagino de qué se trata. Mis manos temblorosas apenas pueden abrir el sobre. Me cuesta leer: por la turbidez de mis ojos, las palabras borrosas, porque no quiero aceptar el destino y abandonar la ilusión del reencuentro. Los recuerdos se agolpan, se funden, me transportan: mi padre, tío Alfredo, la Negra, los más importantes de aquella lejana niñez.


La flecha dio de lleno y el sombrero de tío Alfredo cayó a sus pies. Furioso, se agachó para recogerlo, mientras miraba para todos lados buscándome. Ni se le ocurrió mirar hacia la copa del pino. Recorrió los costados de ambos maceteros, los macizos de flores; dio una vuelta alrededor del coche aparcado y con dificultad —debido a su abultado abdomen— se agachó para mirar debajo. En ese momento lancé la segunda flecha, que sacudió su trasero imponente y le hizo dar un grito, no de sufrimiento, sino de honor ultrajado. Lamenté que la punta no fuera de acero —en lugar de la clásica ventosa de goma—, mientras me contorsionaba aguantando la risa.
No sé por qué disfrutaba tanto haciéndole toda clase de maldades. Quizá porque veía ridículo lo impresionable y miedoso que era, el parpadeo irritante de sus ojos oscuros —dos pequeñas gemas tímidas y evasivas hechas de incertidumbre—, el rojo de su cara cuando reía o se enojaba, el timbre de su voz levemente aflautado, su forma de caminar bamboleante, la seriedad e importancia con que hablaba de los temas más triviales. O tal vez porque nunca le contaba a mi padre acerca de mis gamberradas.

Una tarde regresaba del colegio —estaba finalizando la primaria— y, al pasar frente al viejo conventillo abandonado, una de las doce prostitutas que pocos días atrás lo habían ocupado, me llamó por mi nombre. Me invitó a conversar en su habitación. Aprensivo, acepté con algo de temor.
Sentado en el borde de la única silla —más cerca de la puerta abierta que de la desvencijada mesita— asistí, callado y expectante, a la confección de una parva de tostadas mientras ella parloteaba atropelladamente. Apenas probé la leche que me sirvió, comí una tostada y no sé de qué me habló durante los diez minutos interminables que permanecí en el cuartucho.
Así conocí a la Negra. Apenas salía de la escuela, mis ojos escudriñaban ansiosos hasta descubrirla en aquel puntito lejano de vivos colores que esperaba caminando la angosta acera. Una suerte de curiosidad, atracción y, sobre todo, un desasosiego desconocido que me invadía cada vez que estaba en su presencia, se fue transformando, gracias a su particular carisma, en amistad y luego en cariño entrañable.
La recuerdo con sus blusas escotadas, las faldas cortas —que tironeaba para que no se le subieran demasiado cada vez que se sentaba—, los tacones finos y muy altos, esa tristeza eterna que asomaba desde lo más profundo de sus ojos oscuros —claros de luces cuando me abrazaba o recibía una caricia mía—, sus oídos ávidos de mis historias, la dulzura de su voz plena de palabras tiernas, una sonrisa contagiosa, la tez morena como la mía y el cabello teñido peinado impecable.

Las horas de clases se me hacían interminables esperando la campanada final para irme corriendo hacia el cuarto de la Negra. Tomábamos la leche y luego conversábamos sentados sobre la vieja y ancha cama, oliente de sudores y jabón amarillo. Me hablaba con nostalgia del pueblo donde se criara, el mismo donde yo había nacido pero que no llegué a conocer porque con mi padre lo habíamos abandonado cuando todavía yo era una criatura de meses.
Mis charlas generalmente se referían a mis tareas en la escuela, a los juegos con mis amigos, a los horarios rígidos y a lo poco que hablaba con mi padre, ocupado siempre en la atención de su negocio. La primera vez que le comenté, riéndome, acerca de las bromas que le gastaba a tío Alfredo, quedé sorprendido con la seriedad con que me escuchó. Entonces ella habló de respeto, consideración, amor, cualidades por mí conocidas, aunque, criado por el espíritu taciturno de mi padre, aún no había incorporado a mi vida; sus palabras abrieron mi corazón a esos sentimientos.
Reclinada mi cabeza sobre su pecho, escuchaba embelesado pequeñas historias de nuestro pueblo, donde la picardía era protagonista, el diálogo frecuente y la sonrisa constante. No podía creer que una persona dedicara tanto tiempo a hablarme con afecto, me escuchara con atención y me acariciase con ternura, acostumbrado como estaba al seco vocabulario de mi padre ya anciano y a la mirada dura de sus ojos claros, oscuros de impaciencia. Todavía me parece escucharla cantar aquellos viejos tangos que entonaba con voz dulce y sensual, su recuerdo me llega en oleadas de ternura, siento el roce de sus cabellos sobre mi frente, sus pequeños y afilados dientes mordisqueando mis orejas —la sangre me hervía, mientras el rubor trepaba por mis mejillas—, el olor acre del cigarrillo mezclado con su perfume barato, la mano que acaricia mi mejilla y la tibieza de su pecho mórbido.
Las horas volaban en su compañía y al recordar a mi padre esperándome intranquilo, ya era de noche. Debía mentir, inventar deberes escolares difíciles que, para poder resolverlos, motivaban mi permanencia hasta tan tarde en casa de algún compañero.
Una tarde cálida —la recuerdo como si fuera ayer y la he evocado cientos de veces—, mientras la Negra me mantenía abrazado en la penumbra de su cuarto, ella me confió un gran secreto que juré no revelar y que involucraba a mi padre. Esa confidencia me sorprendió, al mismo tiempo que me hacía comprender cuánta bondad y ternura había en él y lo difícil que se le hacía expresarla. A partir de entonces lo amé con un cariño nuevo.


Ardua tarea me resultó cambiar mi actitud hacia el tío Alfredo. Un día llegó estrenando un hermoso sombrero con un airón. En realidad, lo que vi en ese momento fue un enorme cerdo elegante. Le faltaban las patatas alrededor y la manzana en la boca. Apenas colgó su emplu-mada adquisición en una percha, corté unas cuantas tiras de cartón y, en cuanto se distrajo, las coloqué bajo el tafilete del sombrero. Luego comencé a observar al tío con mucho deteni-miento. Hasta que logré llamar su atención.
—¿Por qué me miras tan sorprendido?
—Es que me parece que... ¡No! ¡Es imposible!
—¡Pero, sobrino! Tenemos confianza, ¿no es cierto?
—Sí, pero... ¡Es que no puede ser lo que veo, tío!
—¿Y qué ves?
—¡Que se te está hinchando la cabeza!
Primero se rió pero, ante la persistencia de mis miradas y mi expresión de extrañeza, comenzó a visitar cada vez más seguido el amplio espejo del salón, mientras fruncía el ceño, incrementaba la velocidad del insufrible parpadeo y sus ojos se transformaban en dos rendijas perplejas.
Cuando, serio y nervioso, anunció que se retiraba, se me presentó la imagen de la Negra hablándome de respeto. La tentación de la broma era grande, pero la suave voz me reprendía dulcemente. No pude defraudarla. Fui derecho al sombrero y, sin que me viera, retiré todos los cartones. En un aparte con el tío, le conté la verdad y le pedí perdón.
Deseaba cambiar, pero, ¡cuánto me costaba! Tenía que luchar contra una costumbre ya arraigada. Poco a poco lo fui logrando, hasta que comenzó el respeto y luego el cariño. Nos hicimos compañeros en juegos y excursiones de pesca y me contagió su amor por la lectura.

El paraíso del pequeño cuarto de la Negra y el oasis que significó en mi vida duró tan sólo un año. Un día volví del colegio y no quedaba nadie en el conventillo. Recorrí desesperado sus desoladas habitaciones, llorando y clamando por la Negra. Pero, todos habían volado.
Recordando la tarde anterior en su compañía, me di cuenta de que había estado callada, unos mares pequeños ondeaban brillantes en las pozas de sus ojos. Al despedirme hasta el día siguiente me abrazó temblando, me tuvo así un largo rato y, cuando nos separamos, estaba llorando. En ese momento, no comprendí: era el adiós.


Mis manos han dejado de temblar. Ya comienzo a aceptar el hecho de que has purgado tus pecados y al fin podrás descansar de tu gran pena.
Hubiera deseado, Negra, haberme encontrado contigo una vez más. Para decirte que ese año en el que vivimos tantas emociones fue el más feliz de mi vida, me ayudaste a madurar, a parar con mis salvajes travesuras, a respetar a mi inocente y buenazo tío Alfredo, a comprender a mi callado padre. Y, lo que fue más importante, a amarlos a ambos.
Ahora que no están, que me faltan los tres, no debo callar más nuestro secreto; hoy, puedo llamarte por tu nombre: mamá.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Testigo para el Fiscal


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Testigo para el Fiscal

GLOSARIO:

Martineta: (Argentina y Uruguay) Perdiz de las Pampas.
Paja brava: Hierba abundante en Sudamérica.
Gualicho: Hechizo dañino.
Bombacha: Pantalón bombacho.
¡Qué macana!: Exclamación con la que se expresa contrariedad.
Fulero: Feo, desagradable.
Cachadora: Burlona
Pulseada: Acción y efecto de pulsear.
Colimba: Servicio militar.
Malacara: Caballo que tiene blanca la mayor parte de la cara.
Cargada: broma, chanza.
Totora: Especie de espadaña que crece en terrenos pantanosos o húmedos.
Totoral: Paraje poblado de totoras.

¡Dos martinetas volaron! Una, vino para mi lado. Cuando lo vi al niño Raúl con la escopeta, me dio miedo que disparara y me tiré de panza al suelo. Ahí sonó el tiro. Me agaché más, quería meterme debajo del pasto. Pero no oí zumbar ni caer los plomitos. Sí escuché que la martineta seguía volando, el relincho de un caballo y el ruido de algo que caía. Después que se me pasó el susto, me asomé entre la paja brava: el niño Raúl estaba muy blanco, más blanco que nunca, con cara de asustado, como si un gualicho lo hubiera dejado duro, con los ojos muy abiertos, como cuando espiaba a doña Silvita bañándose desnuda en el arroyo.

Miré para el mismo lado donde tenía los ojos clavados y vi, desapareciendo entre los cardales, el bayo del patrón. Más cerca, apenitas asomada entre los pastos, su bombacha negra, quieta, demasiado quieta.

¡Fueron dos las martinetas! La otra, ¡qué macana!, voló para el lado de don Esteban, en dirección al sol que había empezado a ponerse, hacia el horizonte que era un incendio. El niño Raúl le tiró a la martineta y quedó encandilado con ese fuego rojo. La martineta no cayó; el que cayó fue el patrón.

¡Pobre don Esteban! Cuando lo dimos vuelta, casi no tenía cara. Era una mezcla de sangre, tierra y abrojos. Tuvimos que lavarlo varias veces, pero quedó bastante fulero. Lo velamos con el cajón cerrado. Parecía mentira: tan grandote, tan fuerte... y orgulloso de la señora joven que se trajo de la ciudad, muy bonita y sonriente los primeros días; el patrón siempre de buen humor, con su sonrisa cachadora, haciéndole bromas a su medio hermano, el niño Raúl, y aprovechándose de su fuerza... Como aquella vez que jugaron la pulseada, y le golpeó la mano contra la mesa con tanta violencia, que el niño Raúl estuvo un mes con el brazo vendado.

El niño era mucho más joven que don Esteban, flaquito, se había salvado de hacer la colimba porque siempre andaba medio enfermo. Vino a vivir al campo cuando su papá, padre también de don Esteban, murió en un accidente de auto junto a la Faustina, sirvienta del viejo y madre del niño Raúl. Como no tenía adónde ir y el único pariente era el patrón, éste se lo trajo para las casas y le dio de comer y todo. Pero al niño Raúl no le gustaba el campo ni las bromas que le hacía su hermano.

Al día siguiente de haber llegado, le pidió a don Esteban un caballo manso, para aprender, dijo. El malacara, le hizo ensillar. El único que se atrevía a montarlo era Aniceto, el capataz. El patrón no paraba de reír, mientras el potro lo sacudía para todos lados. El niño Raúl tenía un julepe que no le cabía un alfiler en el... y gritaba con voz finita, ¡agárrenlo!, ¡agárrenlo, que me mata.

¡Cuatro meses con yeso y muletas! Y las cargadas de su hermano, ¡aquí vas a aprender a hacerte hombre!

La diversión de don Esteban era embromar al niño Raúl. Hasta que un día se vino con doña Silvita. Ahí lo dejó tranquilo. Se levantaba tarde, y andaba con ella para todos lados. Los dos, sonrientes, felices.

Pero la tranquilidad y los paseos duraron poco. Un mes después, el patrón salía temprano para trabajar en el campo y volvía muy tarde, luego de pasar por el bar del apeadero del tren y alguna que otra escapada a lo de las Martínez. Cliente de fierro, era el mimado de la Negra, antes de la llegada de doña Silvita.

Yo me quedaba en las casas para juntar leña, regar las plantas y cortar el césped. Me gustaba cruzarme con la patrona, ¡buen día, Martincito!, era la única que me sonreía, mirarla cuando se agachaba para recoger una flor o se alejaba moviendo las caderas. Llegó el verano y empezó a tomar sol casi en cueros. Yo siempre me las arreglaba para estar haciendo algo cerca de ella. Al mediodía se iba para el lado del arroyo. Hasta que la seguí y lo que vi no lo podía creer: doña Silvita se bañaba desnuda en el remanso, cerca del sauce grande. Y yo no podía dejar de espiarla, escondido entre las totoras de la costa.

Allí estaba, pocos días atrás, cuando descubrí al niño Raúl que la miraba con ojos como dos de oros. Ella miró para el lado donde él estaba y pareció como si lo viera. Primero se metió bien adentro del agua. Después se paró y empezó a enjabonarse muy despacito, más linda y sonriente que las otras veces. Fue el baño más largo que se dio.

Mientras tanto, don Esteban había empezado de nuevo a hacerle bromas al niño Raúl. Parece que lo había sorprendido haciendo un solitario, y continuamente le decía que debía conseguirse urgente una mujer, que visitase a las Martínez, porque si no, le iban a crecer pelos en las manos.

¡Dos martinetas volaron! Una, ¡qué macana!, para el lado del patrón, para el lado del sol, fuerte, muy rojo. Me tiré de panza al suelo y no escuché los plomitos. ¡Pobre don Esteban!

Doña Silvita, de espaldas a la costa, se enjabona en el arroyo. El agua apenas le cubre las rodillas. Sus largos cabellos castaños chorrean. Desde el totoral, Martín sigue con la mirada el recorrido del agua, que cae atravesando su cintura hacia el encantador hueco y fluye goteando del vello de su sexo.

Ella se da vuelta como intuyendo su presencia, como si lo hubiera estado esperando. Lo mira sin sorpresa, comienza a pasarse las manos por el cuerpo, a acariciarse los pechos. Los pezones, duros y enhiestos. La piel blanca brilla con los reflejos del sol en el agua. Con la mirada y una sonrisa lo invita a acercarse.

Martín sale de su escondite y se va metiendo en el agua. También está desnudo. Se para frente a ella. Baja la vista, no se atreve a mirarla. No sabe qué le pasa. Comienza a temblar.

Escucha un rasguñar muy suave.

Ella le acaricia la cara, lo toma del mentón y le levanta la cabeza, hasta que sus miradas se encuentran. Posa las manos sobre los hombros de Martín, lenta pero firmemente lo va atrayendo, abre la boca, los labios húmedos.

El rasguñar se hace más intenso.

Él no puede creer lo que le está sucediendo. Es un sueño. Un sueño imposible. Siente latir su corazón muy fuerte, la sangre circulando, el momento tan ansiado. Los pezones le rozan el pecho, ya la lengua de doña Silvita invade su boca, el delicioso cuerpo femenino se aprieta contra el suyo, ya los rasguños se escuchan muy fuertes...

¡Gertrudis! ¡Me olvidé! Escapa con pena de su sueño. Enciende la luz del cuarto y se levanta descalzo. ¡Qué frío!

¡Mish! ¡Mish! ¡Gertrudis! Tengo que sacar la gata de don Esteban. El niño Raúl no la aguanta, porque araña todos los muebles y porque era la mimada del patrón, vení, vení Gertrudis, abro la puerta, ¡afuera!, listo, ahora a acostarme de nuevo y dormir, quiero seguir soñando.

Se tapa con las mantas. Cuatro mantas. Tiene frío. Solloza quedamente debajo de la sábana. ¡Dos martinetas volaron! Se lo dije al comisario. Y él, que la gente como yo nunca miente. Por eso el niño Raúl quedó libre. Pero le voy a avisar que era una sola. La que voló para mi lado. ¡Que el niño Raúl me obligó a mentir! Y que no fue un sueño, como él va a decir, cuando, al sacar a Gertrudis, lo vi salir del dormitorio de doña Silvita.

Publicado por Editorial Colihue, este cuento es Segundo Premio Cafetín Croché 2000. San Lorenzo del Escorial. Madrid

miércoles, 1 de octubre de 2008

Desafío

Desafío

Al principio me causó sorpresa; luego me pareció cómico: el espejo adelantaba. Cuando me miraba en él, veía la imagen de lo que sucedería exactamente cinco minutos después. Algunas veces quise contradecirlo, pero no lo conseguí; ya sea por distraerme, por necesidad o por compulsión, siempre terminé reproduciendo con fidelidad lo anticipado.

Parado frente a él, sentí que me desafiaba. Acepté el reto; lo miré, al mismo tiempo que pulsaba el cronómetro: me vi acostado, durmiendo.

Transcurridos tres minutos sentí los párpados muy pesados; un sueño profundo me invadía. Con gran esfuerzo, abrí los ojos y empecé a caminar.

A los cuatro minutos, además de la pesadez que se fue acentuando, la habitación comenzó a dar vueltas. Debí sentarme en la cama. Aumenté el esfuerzo, clavándome las uñas en los antebrazos hasta sentir dolor. No me ganaría.

Medio minuto después, además de las crecientes sensaciones que me atrapaban, sentí una profunda opresión en el pecho. Aumenté la fuerza de las uñas contra mi piel hasta que comenzó a brotar la sangre. Faltaban cinco segundos para vencerlo. Comenzó a nublárseme la vista y creí que no podría aguantar el dolor que me ahogaba. Apenas pude distinguir cuando el cronómetro indicó los cinco minutos. Permanecía sentado en la cama. El espejo estalló haciéndose añicos. Al mismo tiempo algo también estallaba dentro de mí. Caí sobre la cama.

Poco a poco, los fragmentos de mi ser fueron reagrupándose hasta conformar una imagen plana cautiva del espejo, semejante al cuerpo aparentemente dormido que ya no me pertenece.

martes, 23 de septiembre de 2008

Cita con el verdugo

Cita con el verdugo

Miedo. Temblor en las piernas, en las manos. Debo ir, me está esperando. Avanzo a su encuentro, dientes apretados. Con ganas de volverme, de no hacerle frente.

Entro a su cubil. Ganchos, fierros, instrumentos de tortura. Su sonrisa me golpea. Me observa con fijeza. Mirada maldita, de goce, de verdugo. En el potro de tormentos quedo a su merced, indefenso, desoladamente solo. Pequeño, vislumbro desde abajo su figura inmensa. Abro la boca, sin voz, entregado. Los ojos terribles detrás de la intensa luz que hiere mis pupilas. Reflejos atávicos me instan a la huida. No aguanto la luz, no aguanto su mirada. Cierro los ojos, me aíslo en mi pequeño y sufriente mundo. El corazón no es mío y resuena loco. Locos los latidos y los ruidos metálicos. Retumban y retumban. Contraigo los músculos. Cierro los puños, dispongo mi defensa.

La aguzada punta penetra en mis carnes. Desorbitado, vencido, clavo las uñas en mis palmas. Me duelen. Quiero que duelan, no pensar en el terrible puntazo. Para no gritar. Gimo con vergüenza. La punta entra más, y más... Hasta el hueso. El metal abandona la herida. Escupo sangre.

Me retraigo, no veo, no pienso. Me relajo un segundo. Sólo uno. El acero vuelve a atravesar, a lastimar carnes laceradas. Mis uñas se hunden, penetran. No quiero gritar. Ni gemir. Descubro su sonrisa sádica detrás de la mano criminal y la luz torturante.

El metal es retirado. Imagino el hueco hemorrágico. Vuelvo a escupir sangre. Aflojo la tensión. Me siento mareado, ultrajado, terminado. Ruido de utensilios metálicos al servicio del dolor. El tiempo, interminable. En la nuca, un viento frío. Una baba viscosa escapa de mis labios insensibles. No quiero ver, no quiero pensar. Náufrago de mi suerte. Suerte perra. De mi destino, que avanza inexorable. Sobre mí, a través de mí. Que me pisa, me aplasta, me hiere. Como a una cosa, un pelele, un muñeco que se va desarticulando.

Alcanzo a percibir una sombra y un reflejo metálico a través de mis párpados. Abro la boca sangrante como en una arcada final. Ruido de algo que se desgarra y se desprende. Algo mío, algo adentro. La sangre invade mi boca. Un chorro, un manantial... Los ojos abiertos, grandes. Escupo. ¡Todo terminó!

Delante de su tortuosa sonrisa triunfal, observo una pinza brillante que expone, como preciado trofeo, la maldita muela.

martes, 9 de septiembre de 2008

El Abrazo

El abrazo



Los techos rojos de las casas se empequeñecían a medida que escalaba el cerro más cercano. Desde un azul implacable, donde giraban planeando varios pájaros negros, el sol primaveral llenaba de vida la tarde. Oyó ladridos lejanos, el llanto de un bebé y el hollar de los viejos cascos del caballo de la noria hundiéndose en el círculo de fango. Se quitó la camisa, la anudó a su cintura y continuó la ascensión sorteando charcos y rocas. Los cabellos castaños caían sobre su frente transpirada.
Llegó hasta un grupo de árboles achaparrados que, aferrándose con sus raíces tortuosas a piedras y terrones, parecía empeñado en escalar la empinada ladera intentando ganar la cumbre de la montaña. Se sentó sobre un tronco caído y comenzó a escuchar con especial atención los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder reconocerlos: sabía a qué especie pertenecían y era capaz de distinguir un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío a otro macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
El hombre se acercó, lo saludó y comenzó a hablarle. A los pocos minutos conversaba entusiasmado —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores. Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada. Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Felices y locuaces, comenzaron a cruzar un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamano; pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; el hombre caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio. Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
El niño permaneció postrado durante varios días. Recordaba como entre brumas lo ocurrido en la montaña. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos. Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado. Así lo hizo y, apenas arribado, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas. Cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar. Repuesto, empezó a hablar, intentando vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.