miércoles, 8 de octubre de 2008

Testigo para el Fiscal


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Testigo para el Fiscal

GLOSARIO:

Martineta: (Argentina y Uruguay) Perdiz de las Pampas.
Paja brava: Hierba abundante en Sudamérica.
Gualicho: Hechizo dañino.
Bombacha: Pantalón bombacho.
¡Qué macana!: Exclamación con la que se expresa contrariedad.
Fulero: Feo, desagradable.
Cachadora: Burlona
Pulseada: Acción y efecto de pulsear.
Colimba: Servicio militar.
Malacara: Caballo que tiene blanca la mayor parte de la cara.
Cargada: broma, chanza.
Totora: Especie de espadaña que crece en terrenos pantanosos o húmedos.
Totoral: Paraje poblado de totoras.

¡Dos martinetas volaron! Una, vino para mi lado. Cuando lo vi al niño Raúl con la escopeta, me dio miedo que disparara y me tiré de panza al suelo. Ahí sonó el tiro. Me agaché más, quería meterme debajo del pasto. Pero no oí zumbar ni caer los plomitos. Sí escuché que la martineta seguía volando, el relincho de un caballo y el ruido de algo que caía. Después que se me pasó el susto, me asomé entre la paja brava: el niño Raúl estaba muy blanco, más blanco que nunca, con cara de asustado, como si un gualicho lo hubiera dejado duro, con los ojos muy abiertos, como cuando espiaba a doña Silvita bañándose desnuda en el arroyo.

Miré para el mismo lado donde tenía los ojos clavados y vi, desapareciendo entre los cardales, el bayo del patrón. Más cerca, apenitas asomada entre los pastos, su bombacha negra, quieta, demasiado quieta.

¡Fueron dos las martinetas! La otra, ¡qué macana!, voló para el lado de don Esteban, en dirección al sol que había empezado a ponerse, hacia el horizonte que era un incendio. El niño Raúl le tiró a la martineta y quedó encandilado con ese fuego rojo. La martineta no cayó; el que cayó fue el patrón.

¡Pobre don Esteban! Cuando lo dimos vuelta, casi no tenía cara. Era una mezcla de sangre, tierra y abrojos. Tuvimos que lavarlo varias veces, pero quedó bastante fulero. Lo velamos con el cajón cerrado. Parecía mentira: tan grandote, tan fuerte... y orgulloso de la señora joven que se trajo de la ciudad, muy bonita y sonriente los primeros días; el patrón siempre de buen humor, con su sonrisa cachadora, haciéndole bromas a su medio hermano, el niño Raúl, y aprovechándose de su fuerza... Como aquella vez que jugaron la pulseada, y le golpeó la mano contra la mesa con tanta violencia, que el niño Raúl estuvo un mes con el brazo vendado.

El niño era mucho más joven que don Esteban, flaquito, se había salvado de hacer la colimba porque siempre andaba medio enfermo. Vino a vivir al campo cuando su papá, padre también de don Esteban, murió en un accidente de auto junto a la Faustina, sirvienta del viejo y madre del niño Raúl. Como no tenía adónde ir y el único pariente era el patrón, éste se lo trajo para las casas y le dio de comer y todo. Pero al niño Raúl no le gustaba el campo ni las bromas que le hacía su hermano.

Al día siguiente de haber llegado, le pidió a don Esteban un caballo manso, para aprender, dijo. El malacara, le hizo ensillar. El único que se atrevía a montarlo era Aniceto, el capataz. El patrón no paraba de reír, mientras el potro lo sacudía para todos lados. El niño Raúl tenía un julepe que no le cabía un alfiler en el... y gritaba con voz finita, ¡agárrenlo!, ¡agárrenlo, que me mata.

¡Cuatro meses con yeso y muletas! Y las cargadas de su hermano, ¡aquí vas a aprender a hacerte hombre!

La diversión de don Esteban era embromar al niño Raúl. Hasta que un día se vino con doña Silvita. Ahí lo dejó tranquilo. Se levantaba tarde, y andaba con ella para todos lados. Los dos, sonrientes, felices.

Pero la tranquilidad y los paseos duraron poco. Un mes después, el patrón salía temprano para trabajar en el campo y volvía muy tarde, luego de pasar por el bar del apeadero del tren y alguna que otra escapada a lo de las Martínez. Cliente de fierro, era el mimado de la Negra, antes de la llegada de doña Silvita.

Yo me quedaba en las casas para juntar leña, regar las plantas y cortar el césped. Me gustaba cruzarme con la patrona, ¡buen día, Martincito!, era la única que me sonreía, mirarla cuando se agachaba para recoger una flor o se alejaba moviendo las caderas. Llegó el verano y empezó a tomar sol casi en cueros. Yo siempre me las arreglaba para estar haciendo algo cerca de ella. Al mediodía se iba para el lado del arroyo. Hasta que la seguí y lo que vi no lo podía creer: doña Silvita se bañaba desnuda en el remanso, cerca del sauce grande. Y yo no podía dejar de espiarla, escondido entre las totoras de la costa.

Allí estaba, pocos días atrás, cuando descubrí al niño Raúl que la miraba con ojos como dos de oros. Ella miró para el lado donde él estaba y pareció como si lo viera. Primero se metió bien adentro del agua. Después se paró y empezó a enjabonarse muy despacito, más linda y sonriente que las otras veces. Fue el baño más largo que se dio.

Mientras tanto, don Esteban había empezado de nuevo a hacerle bromas al niño Raúl. Parece que lo había sorprendido haciendo un solitario, y continuamente le decía que debía conseguirse urgente una mujer, que visitase a las Martínez, porque si no, le iban a crecer pelos en las manos.

¡Dos martinetas volaron! Una, ¡qué macana!, para el lado del patrón, para el lado del sol, fuerte, muy rojo. Me tiré de panza al suelo y no escuché los plomitos. ¡Pobre don Esteban!

Doña Silvita, de espaldas a la costa, se enjabona en el arroyo. El agua apenas le cubre las rodillas. Sus largos cabellos castaños chorrean. Desde el totoral, Martín sigue con la mirada el recorrido del agua, que cae atravesando su cintura hacia el encantador hueco y fluye goteando del vello de su sexo.

Ella se da vuelta como intuyendo su presencia, como si lo hubiera estado esperando. Lo mira sin sorpresa, comienza a pasarse las manos por el cuerpo, a acariciarse los pechos. Los pezones, duros y enhiestos. La piel blanca brilla con los reflejos del sol en el agua. Con la mirada y una sonrisa lo invita a acercarse.

Martín sale de su escondite y se va metiendo en el agua. También está desnudo. Se para frente a ella. Baja la vista, no se atreve a mirarla. No sabe qué le pasa. Comienza a temblar.

Escucha un rasguñar muy suave.

Ella le acaricia la cara, lo toma del mentón y le levanta la cabeza, hasta que sus miradas se encuentran. Posa las manos sobre los hombros de Martín, lenta pero firmemente lo va atrayendo, abre la boca, los labios húmedos.

El rasguñar se hace más intenso.

Él no puede creer lo que le está sucediendo. Es un sueño. Un sueño imposible. Siente latir su corazón muy fuerte, la sangre circulando, el momento tan ansiado. Los pezones le rozan el pecho, ya la lengua de doña Silvita invade su boca, el delicioso cuerpo femenino se aprieta contra el suyo, ya los rasguños se escuchan muy fuertes...

¡Gertrudis! ¡Me olvidé! Escapa con pena de su sueño. Enciende la luz del cuarto y se levanta descalzo. ¡Qué frío!

¡Mish! ¡Mish! ¡Gertrudis! Tengo que sacar la gata de don Esteban. El niño Raúl no la aguanta, porque araña todos los muebles y porque era la mimada del patrón, vení, vení Gertrudis, abro la puerta, ¡afuera!, listo, ahora a acostarme de nuevo y dormir, quiero seguir soñando.

Se tapa con las mantas. Cuatro mantas. Tiene frío. Solloza quedamente debajo de la sábana. ¡Dos martinetas volaron! Se lo dije al comisario. Y él, que la gente como yo nunca miente. Por eso el niño Raúl quedó libre. Pero le voy a avisar que era una sola. La que voló para mi lado. ¡Que el niño Raúl me obligó a mentir! Y que no fue un sueño, como él va a decir, cuando, al sacar a Gertrudis, lo vi salir del dormitorio de doña Silvita.

Publicado por Editorial Colihue, este cuento es Segundo Premio Cafetín Croché 2000. San Lorenzo del Escorial. Madrid

miércoles, 1 de octubre de 2008

Desafío

Desafío

Al principio me causó sorpresa; luego me pareció cómico: el espejo adelantaba. Cuando me miraba en él, veía la imagen de lo que sucedería exactamente cinco minutos después. Algunas veces quise contradecirlo, pero no lo conseguí; ya sea por distraerme, por necesidad o por compulsión, siempre terminé reproduciendo con fidelidad lo anticipado.

Parado frente a él, sentí que me desafiaba. Acepté el reto; lo miré, al mismo tiempo que pulsaba el cronómetro: me vi acostado, durmiendo.

Transcurridos tres minutos sentí los párpados muy pesados; un sueño profundo me invadía. Con gran esfuerzo, abrí los ojos y empecé a caminar.

A los cuatro minutos, además de la pesadez que se fue acentuando, la habitación comenzó a dar vueltas. Debí sentarme en la cama. Aumenté el esfuerzo, clavándome las uñas en los antebrazos hasta sentir dolor. No me ganaría.

Medio minuto después, además de las crecientes sensaciones que me atrapaban, sentí una profunda opresión en el pecho. Aumenté la fuerza de las uñas contra mi piel hasta que comenzó a brotar la sangre. Faltaban cinco segundos para vencerlo. Comenzó a nublárseme la vista y creí que no podría aguantar el dolor que me ahogaba. Apenas pude distinguir cuando el cronómetro indicó los cinco minutos. Permanecía sentado en la cama. El espejo estalló haciéndose añicos. Al mismo tiempo algo también estallaba dentro de mí. Caí sobre la cama.

Poco a poco, los fragmentos de mi ser fueron reagrupándose hasta conformar una imagen plana cautiva del espejo, semejante al cuerpo aparentemente dormido que ya no me pertenece.

martes, 23 de septiembre de 2008

Cita con el verdugo

Cita con el verdugo

Miedo. Temblor en las piernas, en las manos. Debo ir, me está esperando. Avanzo a su encuentro, dientes apretados. Con ganas de volverme, de no hacerle frente.

Entro a su cubil. Ganchos, fierros, instrumentos de tortura. Su sonrisa me golpea. Me observa con fijeza. Mirada maldita, de goce, de verdugo. En el potro de tormentos quedo a su merced, indefenso, desoladamente solo. Pequeño, vislumbro desde abajo su figura inmensa. Abro la boca, sin voz, entregado. Los ojos terribles detrás de la intensa luz que hiere mis pupilas. Reflejos atávicos me instan a la huida. No aguanto la luz, no aguanto su mirada. Cierro los ojos, me aíslo en mi pequeño y sufriente mundo. El corazón no es mío y resuena loco. Locos los latidos y los ruidos metálicos. Retumban y retumban. Contraigo los músculos. Cierro los puños, dispongo mi defensa.

La aguzada punta penetra en mis carnes. Desorbitado, vencido, clavo las uñas en mis palmas. Me duelen. Quiero que duelan, no pensar en el terrible puntazo. Para no gritar. Gimo con vergüenza. La punta entra más, y más... Hasta el hueso. El metal abandona la herida. Escupo sangre.

Me retraigo, no veo, no pienso. Me relajo un segundo. Sólo uno. El acero vuelve a atravesar, a lastimar carnes laceradas. Mis uñas se hunden, penetran. No quiero gritar. Ni gemir. Descubro su sonrisa sádica detrás de la mano criminal y la luz torturante.

El metal es retirado. Imagino el hueco hemorrágico. Vuelvo a escupir sangre. Aflojo la tensión. Me siento mareado, ultrajado, terminado. Ruido de utensilios metálicos al servicio del dolor. El tiempo, interminable. En la nuca, un viento frío. Una baba viscosa escapa de mis labios insensibles. No quiero ver, no quiero pensar. Náufrago de mi suerte. Suerte perra. De mi destino, que avanza inexorable. Sobre mí, a través de mí. Que me pisa, me aplasta, me hiere. Como a una cosa, un pelele, un muñeco que se va desarticulando.

Alcanzo a percibir una sombra y un reflejo metálico a través de mis párpados. Abro la boca sangrante como en una arcada final. Ruido de algo que se desgarra y se desprende. Algo mío, algo adentro. La sangre invade mi boca. Un chorro, un manantial... Los ojos abiertos, grandes. Escupo. ¡Todo terminó!

Delante de su tortuosa sonrisa triunfal, observo una pinza brillante que expone, como preciado trofeo, la maldita muela.

martes, 9 de septiembre de 2008

El Abrazo

El abrazo



Los techos rojos de las casas se empequeñecían a medida que escalaba el cerro más cercano. Desde un azul implacable, donde giraban planeando varios pájaros negros, el sol primaveral llenaba de vida la tarde. Oyó ladridos lejanos, el llanto de un bebé y el hollar de los viejos cascos del caballo de la noria hundiéndose en el círculo de fango. Se quitó la camisa, la anudó a su cintura y continuó la ascensión sorteando charcos y rocas. Los cabellos castaños caían sobre su frente transpirada.
Llegó hasta un grupo de árboles achaparrados que, aferrándose con sus raíces tortuosas a piedras y terrones, parecía empeñado en escalar la empinada ladera intentando ganar la cumbre de la montaña. Se sentó sobre un tronco caído y comenzó a escuchar con especial atención los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder reconocerlos: sabía a qué especie pertenecían y era capaz de distinguir un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío a otro macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
El hombre se acercó, lo saludó y comenzó a hablarle. A los pocos minutos conversaba entusiasmado —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores. Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada. Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Felices y locuaces, comenzaron a cruzar un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamano; pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; el hombre caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio. Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
El niño permaneció postrado durante varios días. Recordaba como entre brumas lo ocurrido en la montaña. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos. Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado. Así lo hizo y, apenas arribado, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas. Cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar. Repuesto, empezó a hablar, intentando vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.

martes, 2 de septiembre de 2008

El Dueño de Casa

El dueño de casa




OCTUBRE
Si el maldito quiere quedarse en el jardín no lo voy a echar, pero sabrá quién es el dueño de casa. De ninguna manera le permitiré entrar; una sola vez lo hizo, pero se pegó tal susto cuando lo perseguí por las habitaciones, que nunca más lo intentó. Buscaba con desesperación una salida y patinaba en los cerámicos del suelo. Era cómico verlo golpeándose contra las paredes, con los ojos bien abiertos y los pelos del lomo erizados del susto. ¡También! ¡Con los gritos desaforados y las palmadas que daba...!
Con respecto a la comida no pienso darle ninguna sobra; que cace ratas o pajaritos. No soy sirviente de nadie, y menos de un vagabundo. Demasiado que lo dejo corretear por el jardín. Nunca me gustaron estos bichos, y a éste lo odio porque es escuálido, tiene el pelaje horrible y sus maullidos me ponen nervioso. Su lugar es el jardín y allí se quedará. Yo me consigo mi comida; que él se consiga la suya.

NOVIEMBRE
La última semana hizo mucho frío y el animal se acurrucaba junto a la puerta a la espera de algo de comida. Está más flaco aún, bastante desmejorado y triste, su escaso pelaje apenas lo abriga. Le acerqué un poco de leche tibia que tomó con avidez; me miró con cara de agradecimiento... ¡Tonterías! Los animales no tienen expresión. ¡Y menos un gato sarnoso!
Por la noche me desperté varias veces y escuché sus maullidos muy apagados, como si sufriera mucho por el frío y no quisiera molestar. Esta vez no me puse nervioso; me dio pena.

DICIEMBRE
A pesar de que el frío se ha acrecentado, el gato está mejor. Por la mañana le doy leche tibia, y luego, al mediodía y a la noche, los restos de comida. No es nada vulgar, porque verdaderamente pone cara de contento y se frota contra mis piernas, como muestra de gratitud. Pero hay un respeto mutuo: yo atiendo su hambre y él nunca intenta entrar en la casa aunque deje la puerta abierta. Su lugar es el patio y el mío, mi templada y acogedora casita.

ENERO
El día primero hizo un frío tremendo. Compré un felpudo grueso y lo puse en la entrada de la casa. Buscó mis manos, se restregó en ellas y se acomodó sobre su nuevo lecho. Me pareció que sonreía mientras me hacía un guiño cómplice.
Debí construir un alero en la puerta de entrada; consideré injusto que yo estuviera adentro, seco y calentito, y él afuera, mojándose y tiritando de frío.

FEBRERO
Una mañana muy fría, fuertes ráfagas de viento sacudían al gatito, que se acurrucaba temblando sobre el felpudo. Evidentemente el refugio no era idóneo para días ventosos. No tuve más remedio que construir una pared a cada lado del alero.
Lo llamo gatito, pero en realidad ha crecido y engordado. Tiene el pelaje sedoso y abundante. Es muy lindo y cariñoso.

MARZO
Los ciruelos ya florecieron y los pétalos caídos cubren lo poco que queda del maltratado césped. El minino corretea y juega feliz con un ovillo de lana que le arrojo. Apenas salgo al jardín con su comida, viene a mi encuentro. ¡Cómo le gusta el riñón a la parrilla! No me cuesta nada darle ese pequeño gusto.
Cuando salgo me acompaña hasta la puerta de calle y su rostro se llena de tristeza. Tuerce la cabeza y me mira. Se cruza en mi camino, para impedir que me vaya. Lo acaricio. Se me parte el corazón.
Al pequeño porche de entrada donde tiene su felpudo-cama, le coloqué una puerta —diseñada y construida por mí—, con una parte inferior móvil, de tal forma que pueda entrar y salir a voluntad, sin que haya corrientes de aire. Como esta gatera es amplia y con contrapesos para que ceda a la más mínima presión, me pasé toda una tarde de un domingo enseñándole a empujar y pasar a uno y otro lado; primero lo hice yo —me costaba agacharme, por la panza—, y luego los dos juntos. Al otro día ya lo hacía solo. Es muy inteligente.

ABRIL
El gato dejó de ser gato. Ya tiene nombre: Félix. Lo llamo y viene corriendo a mi encuentro.
El día 15 le noté el hocico seco y caliente. Supuse que tenía fiebre. Dejé la puerta de entrada abierta para que no se sintiera solo; como estaba enfermito... Era un día fresco; le encendí la estufa.
Me causó gracia cómo entró; me miraba con humildad, pidiendo permiso. Le dije que sí con la cabeza, corrí a juntar unos trapos viejos —pero limpios—, y los acomodé frente a la estufa. Los distribuí bien, de tal forma de aislarlo del piso y le hice señas para que se acostara. Muy lentamente avanzó. Sus ojos me contemplaban, interrogantes. Lo alenté a que se acercara, esta vez con palabras; ronroneando, se acomodó sobre los trapos tibios.
Esa tarde lo llevé al veterinario, quien me dio unas pastillas que debía disolver en la leche.
La noche, por supuesto, la pasó dentro de la casa, frente a la estufa, a la que alimenté con leña cada cuatro horas, al mismo tiempo que le daba el remedio. Me costaba levantarme, tenía mucho sueño, pero... ¡debía curar a Félix!
Al día siguiente ya estaba bien y correteaba por el jardín. Fue un gran alivio para mí.

MAYO
A partir del día en que Félix se enfermó, nunca más volví a cerrar la puerta que comunica el porche con la sala. Sólo cierro la del porche con el exterior, de tal forma que pueda entrar y salir cuando quiera de la casa.
Aunque ya no enciendo la estufa, su lugar de descanso quedó frente a ella, en los trapos sobre los cuales se enrosca y duerme una buena parte del día. Durante la noche sale, y casi siempre vuelve a la madrugada. No hay duda de que es un gato calavera.

JUNIO
Primero con timidez, luego con más seguridad, Félix comenzó a pasearse por todas las habitaciones. Parece cada vez más grande y más gordo. ¡Es hermoso Félix!
Su vida ha variado mucho. Y me siento feliz porque me considero el artífice de ese cambio. Sus maullidos ya no son lastimeros, sino graves y perentorios. Me divierte ver esta transformación, no sólo física, sino también psíquica.
A finales de mes, a la vuelta del trabajo, lo encontré acostado en mi cama. En realidad no lo encontré, sino que le noté cara de culpable y luego descubrí un hueco tibio y con pelos en el medio de la cama. Sonreí. ¡Qué pícaro este Félix!

JULIO
Últimamente lo estaba notando cada vez más gordo a Félix. Traté de darle menos comida, pero su mirada fuerte y dura, y sus maullidos apremiantes no me permitieron disminuir sus tres raciones diarias.
Un día volví del trabajo y tuve la gran sorpresa. Félix no era Félix: ¡era Felisa! Y había tenido seis hermosos críos. ¿Dónde? ¡Sobre mi cama! Se la veía feliz y los gatitos lucían muy sanos y "absorbentes". Compré más leche y riñón, para que pudiera amamantarlos bien. Sus maullidos y mirada se hicieron cada vez más exigentes, y tuve que darle comida cinco o seis veces por día.
No sé si fue ternura o cobardía, pero no me atreví a sacarla de mi cama. Esa noche dormí en el diván de la sala.

AGOSTO
Felisa se afincó. Es una delicia ver con qué cariño lame a sus hijos, cómo les da calor y leche. Día por medio les cambio la colcha para que estén secos y limpios. Cuando la lechigada abrió los ojos fue una fiesta para mí.
La pequeña familia me obligó a una atención constante: por los horarios de las comidas de Felisa, las continuas consultas al veterinario, el mantenimiento de una temperatura adecuada en la casa. Durante la noche me despertaba a cada rato y no podía conciliar el sueño si no me levantaba para comprobar que todos estaban bien.
Empecé a llegar tarde a la oficina, a faltar; muchas veces, mal dormido y preocupado por la salud y alimento de mis animalitos, cometía innumerables errores.
Al fin, me echaron del trabajo.

SEPTIEMBRE
Los pequeños ya se pasean por toda la casa. Han crecido mucho y rompen todo aquello que cae bajo sus zarpas.
Como ahora puedo estar todo el día en casa, tengo más tiempo para atenderlos; en realidad, es lo único que hago.
Algunos dormían conmigo en el diván. Debía hacer malabarismos para acostarme sin lastimarlos. Lo peor era que si llegaba a apretarlos —sin querer, por supuesto— me clavaban las uñas y maullaban en forma salvaje. Más de una vez me desperté sobresaltado en medio de la noche, con las garras hincadas en mi piel por haberlos oprimido involuntariamente.
Una vez intenté golpear a uno que me arañó cuando le di de comer, pero saltó Felisa sobre mí y me mordió la mano. Me miraba con odio, como si quisiera despedazarme. Fue la única ocasión en que intenté golpearlos. Tengo miedo de que ella me ataque otra vez. Aún me duele la herida.
Anoche los seis gatitos dormían en el diván. No estaban todos juntos, sino que, como hacía calor, se hallaban distanciados. Imposible acostarme entre ellos. Me dirigí a la cama, pero en el medio, atravesada, se hallaba Felisa.
Resignado, fui al porche y me acurruqué sobre el felpudo.


martes, 19 de agosto de 2008

Ciberia

Ciberia
A mi hija Carolina, a todos los niños que gustan de leer, a los que se inician en la cibernética.



Como todos los días de clase, a las ocho en punto, Ciberia entró en el hall central del Taller. A través del tabique vidriado pude contemplar la sonrisa que le dedicó a su padre, el Maestro, mientras depositaba la bandeja con el desayuno sobre la mesa auxiliar. Luego giró y, con la mano, nos hizo un saludo general a los ocho alumnos, que ya estábamos trabajando en nuestros laboratorios individuales dispuestos sobre cada lado de la gran sala octogonal.
La vi distante, como en aquellos días que la conocí, bella e inalcanzable, cuando suspiraba por una mirada suya, cuando admiraba y aprendía cada uno de sus gestos y, traduciéndolos al lenguaje binario, los enviaba al ordenador. O la filmaba con la cámara de vídeo, para luego procesar la grabación y dirigirla al mismo archivo.
Hacía cuatro años que había comenzado ese curso en el Taller, donde trabajábamos en la fabricación de los androides más sofisticados, autónomos, inalterables, con una piel que nada tenía que envidiar a la verdadera, miradas expresivas y movimientos perfectos que engañaban a todos. Por supuesto, en el mundo había varios talleres de este tipo, pero el del Maestro era reconocido como el mejor. Así, del nuestro habían salido varios ejemplares femeninos para Jeques árabes, no satisfechos con la belleza o inteligencia de sus mujeres. La Primera Dama Norteamericana era un androide perfecto construido por el hábil Maestro y, el sonriente joven que acompañaba a todos lados a la famosa Quinta Dama de Hierro —capaz de custodiarla como el más entrenado equipo de guardaespaldas—, era una de mis obras.
Gracias a los ordenadores más modernos, prácticamente no había límite para la incorporación de datos a los cerebros de dichas criaturas. Lo más difícil fue humanizar los movimientos, dar vida a los ojos, sensualidad a la sonrisa, dulzura a la voz. Pero no en vano era “El Maestro”; y lo pudo conseguir. Ahora, con la enseñanza a sus ocho alumnos, se aseguraba que ese difícil arte no moriría con él. Por otra parte, al trabajar en equipo, día a día nos íbamos superando.
Lo que nunca logramos fue que nuestras criaturas pudieran procrear ni tuvieran sentimientos. Todo era frío, racional, científico, inmutable. Casi perfecto. En realidad, antes de que yo ingresara al Taller, el Maestro me contó que había creado un prototipo capaz de amar, de emocionarse. Fue un logro muy importante, aunque desechó la construcción de nuevos ejemplares pues con una conmoción intensa su cerebro se bloqueaba —lo que en computación llamamos "colgarse" o “tildarse”—, y había que programarlo de nuevo. Si bien me asombraba del parecido con los seres humanos, despreciaba a esos muñecos inteligentes siempre bellos, aunque incapaces de amar, de tener hijos.
En un principio los androides no respiraban ni tenían sangre; fueron el arma secreta que los Estados Unidos enviaba a luchar para defender sus intereses en los países en conflicto. Se construían en serie y eran muy rudimentarios. Su cerebro, muy limitado, servía al único fin para el cual habían sido creados: matar. Estaban conectados a un complicado y voluminoso ordenador central dirigido por los mejores estrategas.
El Maestro fue el primero que creó, en forma artesanal, un modelo con sangre sintética y todas las vísceras fabricadas con diferentes plásticos de fórmulas exclusivas desarrolladas por nuestro súper ordenador; la capacidad intelectual resultó superior al nivel humano medio.
A escondidas, con los numerosos datos aportados a mi ordenador —guardados en archivos secretos—, con el rostro y la figura de Ciberia grabados en mi mente, fui modelando en cera cada curva, cada centímetro de su piel. Luego hice la matriz, preparé los productos sintéticos hasta darles la tonalidad exacta, configuré cada órgano, cada músculo —fibra por fibra—, con la consistencia y tonicidad de los originales, copié con exactitud el color justo de sus ojos claros, sus expresiones, su vitalidad... Paso a paso, con el pulso y la destreza de un cirujano, fui vaciando sobre el molde cada uno de los elementos conformados. Sólo la fuerza del amor y la ilusión de concretar el proyecto anhelado me dio las fuerzas necesarias para trabajar casi sin dormir.
Mi idea, que nació el mismo día que la conocí, fue enamorarla, realizar una reproducción exacta, reemplazarla y escapar con ella. Sabía del enorme poder que el Maestro tenía sobre los gobiernos de todo el mundo. Su ira no me hubiera permitido escapar con vida. La única solución era sustituirla por una copia perfecta.
Una vez que Ciberia correspondió a mi amor y aceptó el plan, mi tarea se simplificó. Los datos para el ordenador que fabricaba el cerebro los copiaba directamente con electrodos que colocaba en su cabeza. En pocos meses terminé mi obra y los tres estuvimos listos para el cambio. Tuve que hacer una pequeña marca indeleble en el androide ya que, de otra forma, no hubiera podido diferenciarlo de mi amada. Con los pasajes comprados y las maletas dispuestas —excitados, temerosos y felices—, enviamos mi criatura de “regreso” a su nueva casa y tomamos un avión para otro país.



Han pasado diez años de aquella aventura. Nos casamos y sólo faltaría un hijo para colmar nuestra dicha. Soy dueño de un taller similar en un país lejano y mi fama también se ha extendido por el mundo. El Maestro me avisó que llegaba con su hija porque deseaban verme e intercambiar opiniones para mejorar nuestras obras. Ciberia fue a casa de una amiga, mientras duraba la visita de su padre.
Observé que el Maestro había envejecido. Me pareció que adivinaba mi pensamiento porque me dijo:
—Tú, en cambio, te mantienes siempre joven.
—El tiempo pasa para todos.
—No para ti; ni para Ciberia. Fíjate, está igual.
Ese viejo temor... ¡Cómo iba a envejecer Ciberia, si era...! ¿Sospechará algo? No, me mira sonriente. Contemplé el rostro de aquella Ciberia creada por mí y volví a admirar sus rasgos puros, inalterables, con la misma mirada dulce de la verdadera Ciberia, mi amante compañera, tan joven, tan perfecta, tan igual. Me volví hacia el Maestro. Continuaba mirándome sonriente.
—¿Sigues enamorado de ella?
La pregunta me tomó de sorpresa, porque creí que habíamos ocultado nuestro amor con mucho celo, sobre todo cuando su padre estaba presente. No supe qué contestar. Se acentuó su sonrisa y apareció un brillo de burla en sus ojos.
Volví a observar el rostro de mi criatura, indudablemente mi obra maestra, tanto que logró engañarlo a él, que se preciaba de ser el único que, de una sola ojeada, era capaz de descubrir un androide.
El fulgor en los ojos del Maestro era intenso. Me estaba hablando.
—¿...no te diste cuenta del pequeño detalle que diferencia nuestras creaciones de los seres humanos?
Entonces comprendí; comprendí su sonrisa, el brillo de burla; comprendí que sólo una causa única pudo haberlo engañado; sentí acelerarse los latidos de mi corazón, mientras buscaba desesperadamente, con un espanto creciente, ese detalle inadvertido en la figura repetida de Ciberia....
...de Ciberia...
...de Ciberia...
...de Ciberia...
...de Ciberia...
...de Ciberia...

Biografía

Nací en Bahía Blanca (Argentina), me recibí de Maestro en Tandil y estudié en la Escuela Nacional de Náutica.

Recorrí mundo como Oficial Maquinista y Jefe en la Marina Mercante Argentina. Jubilado, cambié el calibre por la lapicera y el indicador de diagramas por el ordenador.

Hace treinta y seis años que vivo en José Mármol (provincia de Buenos Aires), comencé a escribir trece años atrás y llevo realizados cientos de cuentos, con los que torturo a mis amigos, el porteño Freddy y la españolísima Mar, primeros cobayos-lectores.

Gané cientos de premios en Argentina, Uruguay, Estados Unidos, México y sobretodo en España.

No extraño demasiado los buques. He encontrado una razón de vida.