martes, 23 de septiembre de 2008

Cita con el verdugo

Cita con el verdugo

Miedo. Temblor en las piernas, en las manos. Debo ir, me está esperando. Avanzo a su encuentro, dientes apretados. Con ganas de volverme, de no hacerle frente.

Entro a su cubil. Ganchos, fierros, instrumentos de tortura. Su sonrisa me golpea. Me observa con fijeza. Mirada maldita, de goce, de verdugo. En el potro de tormentos quedo a su merced, indefenso, desoladamente solo. Pequeño, vislumbro desde abajo su figura inmensa. Abro la boca, sin voz, entregado. Los ojos terribles detrás de la intensa luz que hiere mis pupilas. Reflejos atávicos me instan a la huida. No aguanto la luz, no aguanto su mirada. Cierro los ojos, me aíslo en mi pequeño y sufriente mundo. El corazón no es mío y resuena loco. Locos los latidos y los ruidos metálicos. Retumban y retumban. Contraigo los músculos. Cierro los puños, dispongo mi defensa.

La aguzada punta penetra en mis carnes. Desorbitado, vencido, clavo las uñas en mis palmas. Me duelen. Quiero que duelan, no pensar en el terrible puntazo. Para no gritar. Gimo con vergüenza. La punta entra más, y más... Hasta el hueso. El metal abandona la herida. Escupo sangre.

Me retraigo, no veo, no pienso. Me relajo un segundo. Sólo uno. El acero vuelve a atravesar, a lastimar carnes laceradas. Mis uñas se hunden, penetran. No quiero gritar. Ni gemir. Descubro su sonrisa sádica detrás de la mano criminal y la luz torturante.

El metal es retirado. Imagino el hueco hemorrágico. Vuelvo a escupir sangre. Aflojo la tensión. Me siento mareado, ultrajado, terminado. Ruido de utensilios metálicos al servicio del dolor. El tiempo, interminable. En la nuca, un viento frío. Una baba viscosa escapa de mis labios insensibles. No quiero ver, no quiero pensar. Náufrago de mi suerte. Suerte perra. De mi destino, que avanza inexorable. Sobre mí, a través de mí. Que me pisa, me aplasta, me hiere. Como a una cosa, un pelele, un muñeco que se va desarticulando.

Alcanzo a percibir una sombra y un reflejo metálico a través de mis párpados. Abro la boca sangrante como en una arcada final. Ruido de algo que se desgarra y se desprende. Algo mío, algo adentro. La sangre invade mi boca. Un chorro, un manantial... Los ojos abiertos, grandes. Escupo. ¡Todo terminó!

Delante de su tortuosa sonrisa triunfal, observo una pinza brillante que expone, como preciado trofeo, la maldita muela.

martes, 9 de septiembre de 2008

El Abrazo

El abrazo



Los techos rojos de las casas se empequeñecían a medida que escalaba el cerro más cercano. Desde un azul implacable, donde giraban planeando varios pájaros negros, el sol primaveral llenaba de vida la tarde. Oyó ladridos lejanos, el llanto de un bebé y el hollar de los viejos cascos del caballo de la noria hundiéndose en el círculo de fango. Se quitó la camisa, la anudó a su cintura y continuó la ascensión sorteando charcos y rocas. Los cabellos castaños caían sobre su frente transpirada.
Llegó hasta un grupo de árboles achaparrados que, aferrándose con sus raíces tortuosas a piedras y terrones, parecía empeñado en escalar la empinada ladera intentando ganar la cumbre de la montaña. Se sentó sobre un tronco caído y comenzó a escuchar con especial atención los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder reconocerlos: sabía a qué especie pertenecían y era capaz de distinguir un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío a otro macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
El hombre se acercó, lo saludó y comenzó a hablarle. A los pocos minutos conversaba entusiasmado —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores. Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada. Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Felices y locuaces, comenzaron a cruzar un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamano; pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; el hombre caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio. Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
El niño permaneció postrado durante varios días. Recordaba como entre brumas lo ocurrido en la montaña. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos. Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado. Así lo hizo y, apenas arribado, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas. Cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar. Repuesto, empezó a hablar, intentando vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.

martes, 2 de septiembre de 2008

El Dueño de Casa

El dueño de casa




OCTUBRE
Si el maldito quiere quedarse en el jardín no lo voy a echar, pero sabrá quién es el dueño de casa. De ninguna manera le permitiré entrar; una sola vez lo hizo, pero se pegó tal susto cuando lo perseguí por las habitaciones, que nunca más lo intentó. Buscaba con desesperación una salida y patinaba en los cerámicos del suelo. Era cómico verlo golpeándose contra las paredes, con los ojos bien abiertos y los pelos del lomo erizados del susto. ¡También! ¡Con los gritos desaforados y las palmadas que daba...!
Con respecto a la comida no pienso darle ninguna sobra; que cace ratas o pajaritos. No soy sirviente de nadie, y menos de un vagabundo. Demasiado que lo dejo corretear por el jardín. Nunca me gustaron estos bichos, y a éste lo odio porque es escuálido, tiene el pelaje horrible y sus maullidos me ponen nervioso. Su lugar es el jardín y allí se quedará. Yo me consigo mi comida; que él se consiga la suya.

NOVIEMBRE
La última semana hizo mucho frío y el animal se acurrucaba junto a la puerta a la espera de algo de comida. Está más flaco aún, bastante desmejorado y triste, su escaso pelaje apenas lo abriga. Le acerqué un poco de leche tibia que tomó con avidez; me miró con cara de agradecimiento... ¡Tonterías! Los animales no tienen expresión. ¡Y menos un gato sarnoso!
Por la noche me desperté varias veces y escuché sus maullidos muy apagados, como si sufriera mucho por el frío y no quisiera molestar. Esta vez no me puse nervioso; me dio pena.

DICIEMBRE
A pesar de que el frío se ha acrecentado, el gato está mejor. Por la mañana le doy leche tibia, y luego, al mediodía y a la noche, los restos de comida. No es nada vulgar, porque verdaderamente pone cara de contento y se frota contra mis piernas, como muestra de gratitud. Pero hay un respeto mutuo: yo atiendo su hambre y él nunca intenta entrar en la casa aunque deje la puerta abierta. Su lugar es el patio y el mío, mi templada y acogedora casita.

ENERO
El día primero hizo un frío tremendo. Compré un felpudo grueso y lo puse en la entrada de la casa. Buscó mis manos, se restregó en ellas y se acomodó sobre su nuevo lecho. Me pareció que sonreía mientras me hacía un guiño cómplice.
Debí construir un alero en la puerta de entrada; consideré injusto que yo estuviera adentro, seco y calentito, y él afuera, mojándose y tiritando de frío.

FEBRERO
Una mañana muy fría, fuertes ráfagas de viento sacudían al gatito, que se acurrucaba temblando sobre el felpudo. Evidentemente el refugio no era idóneo para días ventosos. No tuve más remedio que construir una pared a cada lado del alero.
Lo llamo gatito, pero en realidad ha crecido y engordado. Tiene el pelaje sedoso y abundante. Es muy lindo y cariñoso.

MARZO
Los ciruelos ya florecieron y los pétalos caídos cubren lo poco que queda del maltratado césped. El minino corretea y juega feliz con un ovillo de lana que le arrojo. Apenas salgo al jardín con su comida, viene a mi encuentro. ¡Cómo le gusta el riñón a la parrilla! No me cuesta nada darle ese pequeño gusto.
Cuando salgo me acompaña hasta la puerta de calle y su rostro se llena de tristeza. Tuerce la cabeza y me mira. Se cruza en mi camino, para impedir que me vaya. Lo acaricio. Se me parte el corazón.
Al pequeño porche de entrada donde tiene su felpudo-cama, le coloqué una puerta —diseñada y construida por mí—, con una parte inferior móvil, de tal forma que pueda entrar y salir a voluntad, sin que haya corrientes de aire. Como esta gatera es amplia y con contrapesos para que ceda a la más mínima presión, me pasé toda una tarde de un domingo enseñándole a empujar y pasar a uno y otro lado; primero lo hice yo —me costaba agacharme, por la panza—, y luego los dos juntos. Al otro día ya lo hacía solo. Es muy inteligente.

ABRIL
El gato dejó de ser gato. Ya tiene nombre: Félix. Lo llamo y viene corriendo a mi encuentro.
El día 15 le noté el hocico seco y caliente. Supuse que tenía fiebre. Dejé la puerta de entrada abierta para que no se sintiera solo; como estaba enfermito... Era un día fresco; le encendí la estufa.
Me causó gracia cómo entró; me miraba con humildad, pidiendo permiso. Le dije que sí con la cabeza, corrí a juntar unos trapos viejos —pero limpios—, y los acomodé frente a la estufa. Los distribuí bien, de tal forma de aislarlo del piso y le hice señas para que se acostara. Muy lentamente avanzó. Sus ojos me contemplaban, interrogantes. Lo alenté a que se acercara, esta vez con palabras; ronroneando, se acomodó sobre los trapos tibios.
Esa tarde lo llevé al veterinario, quien me dio unas pastillas que debía disolver en la leche.
La noche, por supuesto, la pasó dentro de la casa, frente a la estufa, a la que alimenté con leña cada cuatro horas, al mismo tiempo que le daba el remedio. Me costaba levantarme, tenía mucho sueño, pero... ¡debía curar a Félix!
Al día siguiente ya estaba bien y correteaba por el jardín. Fue un gran alivio para mí.

MAYO
A partir del día en que Félix se enfermó, nunca más volví a cerrar la puerta que comunica el porche con la sala. Sólo cierro la del porche con el exterior, de tal forma que pueda entrar y salir cuando quiera de la casa.
Aunque ya no enciendo la estufa, su lugar de descanso quedó frente a ella, en los trapos sobre los cuales se enrosca y duerme una buena parte del día. Durante la noche sale, y casi siempre vuelve a la madrugada. No hay duda de que es un gato calavera.

JUNIO
Primero con timidez, luego con más seguridad, Félix comenzó a pasearse por todas las habitaciones. Parece cada vez más grande y más gordo. ¡Es hermoso Félix!
Su vida ha variado mucho. Y me siento feliz porque me considero el artífice de ese cambio. Sus maullidos ya no son lastimeros, sino graves y perentorios. Me divierte ver esta transformación, no sólo física, sino también psíquica.
A finales de mes, a la vuelta del trabajo, lo encontré acostado en mi cama. En realidad no lo encontré, sino que le noté cara de culpable y luego descubrí un hueco tibio y con pelos en el medio de la cama. Sonreí. ¡Qué pícaro este Félix!

JULIO
Últimamente lo estaba notando cada vez más gordo a Félix. Traté de darle menos comida, pero su mirada fuerte y dura, y sus maullidos apremiantes no me permitieron disminuir sus tres raciones diarias.
Un día volví del trabajo y tuve la gran sorpresa. Félix no era Félix: ¡era Felisa! Y había tenido seis hermosos críos. ¿Dónde? ¡Sobre mi cama! Se la veía feliz y los gatitos lucían muy sanos y "absorbentes". Compré más leche y riñón, para que pudiera amamantarlos bien. Sus maullidos y mirada se hicieron cada vez más exigentes, y tuve que darle comida cinco o seis veces por día.
No sé si fue ternura o cobardía, pero no me atreví a sacarla de mi cama. Esa noche dormí en el diván de la sala.

AGOSTO
Felisa se afincó. Es una delicia ver con qué cariño lame a sus hijos, cómo les da calor y leche. Día por medio les cambio la colcha para que estén secos y limpios. Cuando la lechigada abrió los ojos fue una fiesta para mí.
La pequeña familia me obligó a una atención constante: por los horarios de las comidas de Felisa, las continuas consultas al veterinario, el mantenimiento de una temperatura adecuada en la casa. Durante la noche me despertaba a cada rato y no podía conciliar el sueño si no me levantaba para comprobar que todos estaban bien.
Empecé a llegar tarde a la oficina, a faltar; muchas veces, mal dormido y preocupado por la salud y alimento de mis animalitos, cometía innumerables errores.
Al fin, me echaron del trabajo.

SEPTIEMBRE
Los pequeños ya se pasean por toda la casa. Han crecido mucho y rompen todo aquello que cae bajo sus zarpas.
Como ahora puedo estar todo el día en casa, tengo más tiempo para atenderlos; en realidad, es lo único que hago.
Algunos dormían conmigo en el diván. Debía hacer malabarismos para acostarme sin lastimarlos. Lo peor era que si llegaba a apretarlos —sin querer, por supuesto— me clavaban las uñas y maullaban en forma salvaje. Más de una vez me desperté sobresaltado en medio de la noche, con las garras hincadas en mi piel por haberlos oprimido involuntariamente.
Una vez intenté golpear a uno que me arañó cuando le di de comer, pero saltó Felisa sobre mí y me mordió la mano. Me miraba con odio, como si quisiera despedazarme. Fue la única ocasión en que intenté golpearlos. Tengo miedo de que ella me ataque otra vez. Aún me duele la herida.
Anoche los seis gatitos dormían en el diván. No estaban todos juntos, sino que, como hacía calor, se hallaban distanciados. Imposible acostarme entre ellos. Me dirigí a la cama, pero en el medio, atravesada, se hallaba Felisa.
Resignado, fui al porche y me acurruqué sobre el felpudo.