martes, 2 de septiembre de 2008

El Dueño de Casa

El dueño de casa




OCTUBRE
Si el maldito quiere quedarse en el jardín no lo voy a echar, pero sabrá quién es el dueño de casa. De ninguna manera le permitiré entrar; una sola vez lo hizo, pero se pegó tal susto cuando lo perseguí por las habitaciones, que nunca más lo intentó. Buscaba con desesperación una salida y patinaba en los cerámicos del suelo. Era cómico verlo golpeándose contra las paredes, con los ojos bien abiertos y los pelos del lomo erizados del susto. ¡También! ¡Con los gritos desaforados y las palmadas que daba...!
Con respecto a la comida no pienso darle ninguna sobra; que cace ratas o pajaritos. No soy sirviente de nadie, y menos de un vagabundo. Demasiado que lo dejo corretear por el jardín. Nunca me gustaron estos bichos, y a éste lo odio porque es escuálido, tiene el pelaje horrible y sus maullidos me ponen nervioso. Su lugar es el jardín y allí se quedará. Yo me consigo mi comida; que él se consiga la suya.

NOVIEMBRE
La última semana hizo mucho frío y el animal se acurrucaba junto a la puerta a la espera de algo de comida. Está más flaco aún, bastante desmejorado y triste, su escaso pelaje apenas lo abriga. Le acerqué un poco de leche tibia que tomó con avidez; me miró con cara de agradecimiento... ¡Tonterías! Los animales no tienen expresión. ¡Y menos un gato sarnoso!
Por la noche me desperté varias veces y escuché sus maullidos muy apagados, como si sufriera mucho por el frío y no quisiera molestar. Esta vez no me puse nervioso; me dio pena.

DICIEMBRE
A pesar de que el frío se ha acrecentado, el gato está mejor. Por la mañana le doy leche tibia, y luego, al mediodía y a la noche, los restos de comida. No es nada vulgar, porque verdaderamente pone cara de contento y se frota contra mis piernas, como muestra de gratitud. Pero hay un respeto mutuo: yo atiendo su hambre y él nunca intenta entrar en la casa aunque deje la puerta abierta. Su lugar es el patio y el mío, mi templada y acogedora casita.

ENERO
El día primero hizo un frío tremendo. Compré un felpudo grueso y lo puse en la entrada de la casa. Buscó mis manos, se restregó en ellas y se acomodó sobre su nuevo lecho. Me pareció que sonreía mientras me hacía un guiño cómplice.
Debí construir un alero en la puerta de entrada; consideré injusto que yo estuviera adentro, seco y calentito, y él afuera, mojándose y tiritando de frío.

FEBRERO
Una mañana muy fría, fuertes ráfagas de viento sacudían al gatito, que se acurrucaba temblando sobre el felpudo. Evidentemente el refugio no era idóneo para días ventosos. No tuve más remedio que construir una pared a cada lado del alero.
Lo llamo gatito, pero en realidad ha crecido y engordado. Tiene el pelaje sedoso y abundante. Es muy lindo y cariñoso.

MARZO
Los ciruelos ya florecieron y los pétalos caídos cubren lo poco que queda del maltratado césped. El minino corretea y juega feliz con un ovillo de lana que le arrojo. Apenas salgo al jardín con su comida, viene a mi encuentro. ¡Cómo le gusta el riñón a la parrilla! No me cuesta nada darle ese pequeño gusto.
Cuando salgo me acompaña hasta la puerta de calle y su rostro se llena de tristeza. Tuerce la cabeza y me mira. Se cruza en mi camino, para impedir que me vaya. Lo acaricio. Se me parte el corazón.
Al pequeño porche de entrada donde tiene su felpudo-cama, le coloqué una puerta —diseñada y construida por mí—, con una parte inferior móvil, de tal forma que pueda entrar y salir a voluntad, sin que haya corrientes de aire. Como esta gatera es amplia y con contrapesos para que ceda a la más mínima presión, me pasé toda una tarde de un domingo enseñándole a empujar y pasar a uno y otro lado; primero lo hice yo —me costaba agacharme, por la panza—, y luego los dos juntos. Al otro día ya lo hacía solo. Es muy inteligente.

ABRIL
El gato dejó de ser gato. Ya tiene nombre: Félix. Lo llamo y viene corriendo a mi encuentro.
El día 15 le noté el hocico seco y caliente. Supuse que tenía fiebre. Dejé la puerta de entrada abierta para que no se sintiera solo; como estaba enfermito... Era un día fresco; le encendí la estufa.
Me causó gracia cómo entró; me miraba con humildad, pidiendo permiso. Le dije que sí con la cabeza, corrí a juntar unos trapos viejos —pero limpios—, y los acomodé frente a la estufa. Los distribuí bien, de tal forma de aislarlo del piso y le hice señas para que se acostara. Muy lentamente avanzó. Sus ojos me contemplaban, interrogantes. Lo alenté a que se acercara, esta vez con palabras; ronroneando, se acomodó sobre los trapos tibios.
Esa tarde lo llevé al veterinario, quien me dio unas pastillas que debía disolver en la leche.
La noche, por supuesto, la pasó dentro de la casa, frente a la estufa, a la que alimenté con leña cada cuatro horas, al mismo tiempo que le daba el remedio. Me costaba levantarme, tenía mucho sueño, pero... ¡debía curar a Félix!
Al día siguiente ya estaba bien y correteaba por el jardín. Fue un gran alivio para mí.

MAYO
A partir del día en que Félix se enfermó, nunca más volví a cerrar la puerta que comunica el porche con la sala. Sólo cierro la del porche con el exterior, de tal forma que pueda entrar y salir cuando quiera de la casa.
Aunque ya no enciendo la estufa, su lugar de descanso quedó frente a ella, en los trapos sobre los cuales se enrosca y duerme una buena parte del día. Durante la noche sale, y casi siempre vuelve a la madrugada. No hay duda de que es un gato calavera.

JUNIO
Primero con timidez, luego con más seguridad, Félix comenzó a pasearse por todas las habitaciones. Parece cada vez más grande y más gordo. ¡Es hermoso Félix!
Su vida ha variado mucho. Y me siento feliz porque me considero el artífice de ese cambio. Sus maullidos ya no son lastimeros, sino graves y perentorios. Me divierte ver esta transformación, no sólo física, sino también psíquica.
A finales de mes, a la vuelta del trabajo, lo encontré acostado en mi cama. En realidad no lo encontré, sino que le noté cara de culpable y luego descubrí un hueco tibio y con pelos en el medio de la cama. Sonreí. ¡Qué pícaro este Félix!

JULIO
Últimamente lo estaba notando cada vez más gordo a Félix. Traté de darle menos comida, pero su mirada fuerte y dura, y sus maullidos apremiantes no me permitieron disminuir sus tres raciones diarias.
Un día volví del trabajo y tuve la gran sorpresa. Félix no era Félix: ¡era Felisa! Y había tenido seis hermosos críos. ¿Dónde? ¡Sobre mi cama! Se la veía feliz y los gatitos lucían muy sanos y "absorbentes". Compré más leche y riñón, para que pudiera amamantarlos bien. Sus maullidos y mirada se hicieron cada vez más exigentes, y tuve que darle comida cinco o seis veces por día.
No sé si fue ternura o cobardía, pero no me atreví a sacarla de mi cama. Esa noche dormí en el diván de la sala.

AGOSTO
Felisa se afincó. Es una delicia ver con qué cariño lame a sus hijos, cómo les da calor y leche. Día por medio les cambio la colcha para que estén secos y limpios. Cuando la lechigada abrió los ojos fue una fiesta para mí.
La pequeña familia me obligó a una atención constante: por los horarios de las comidas de Felisa, las continuas consultas al veterinario, el mantenimiento de una temperatura adecuada en la casa. Durante la noche me despertaba a cada rato y no podía conciliar el sueño si no me levantaba para comprobar que todos estaban bien.
Empecé a llegar tarde a la oficina, a faltar; muchas veces, mal dormido y preocupado por la salud y alimento de mis animalitos, cometía innumerables errores.
Al fin, me echaron del trabajo.

SEPTIEMBRE
Los pequeños ya se pasean por toda la casa. Han crecido mucho y rompen todo aquello que cae bajo sus zarpas.
Como ahora puedo estar todo el día en casa, tengo más tiempo para atenderlos; en realidad, es lo único que hago.
Algunos dormían conmigo en el diván. Debía hacer malabarismos para acostarme sin lastimarlos. Lo peor era que si llegaba a apretarlos —sin querer, por supuesto— me clavaban las uñas y maullaban en forma salvaje. Más de una vez me desperté sobresaltado en medio de la noche, con las garras hincadas en mi piel por haberlos oprimido involuntariamente.
Una vez intenté golpear a uno que me arañó cuando le di de comer, pero saltó Felisa sobre mí y me mordió la mano. Me miraba con odio, como si quisiera despedazarme. Fue la única ocasión en que intenté golpearlos. Tengo miedo de que ella me ataque otra vez. Aún me duele la herida.
Anoche los seis gatitos dormían en el diván. No estaban todos juntos, sino que, como hacía calor, se hallaban distanciados. Imposible acostarme entre ellos. Me dirigí a la cama, pero en el medio, atravesada, se hallaba Felisa.
Resignado, fui al porche y me acurruqué sobre el felpudo.


No hay comentarios: