lunes 16 de marzo de 2009

La Segunda Vez

La segunda vez

Manos desfallecidas y serenas
como exangües palomas sin sentido
al vendaval cediendo de las penas;
manos de mi futuro ¡tan temido!
que lleváis fatalmente por las venas
la destructora sangre del olvido.
"A las manos de un anciano" - TOMÁS PRECIADO

Rodeado de sombras, trata de levantar la pesada piedra que lo atrapa e inmoviliza. No lo consigue. Intenta moverse, oye un murmullo, no puede respirar, una luz muy tenue invade sus tinieblas, quie-re salir de esa trampa opresora, percibe cómo el murmullo se va convirtiendo en una voz suave, se queja mientras continúa empujando, la luz se intensifica, unas ratas le rozan la cara, quiere apartar la cabeza, no puede, la voz le llega con claridad, se libra de la piedra, de la trampa, de las ratas. Cuando abre los ojos en su cama, ve a su madre que le acaricia las mejillas.
— ¡Despierta, Luis, es la pesadilla de siempre!
Pero su madre es una viejecita de cabellos blancos, muy arrugada, de ojos bondadosos, aunque sin el brillo expresivo tan recordado, de voz afable, sin la inflexión jovial de siempre.
—¿Qué te ha pasado, mamá?— quiere decirle. Pero las palabras no salen.
—Tranquilízate, no te esfuerces en hablar.— dice la anciana.
—¿Por qué te has vuelto vieja, mamá?— le pregunta con la mirada.
Ella no comprende, le sonríe.
Se siente mal, cierra los ojos, todo está muy oscuro, percibe muchas voces, algunas calmas, otras agudas, niños que alborotan, madres que atemperan, padres que regañan, sombras que pasan, lo toman de la mano, se duerme...
Se levanta cuando aún es noche. No sabe la hora. Enciende la luz. Alrededor no ve nada nuevo, nada deseado. El solitario par de zapatos, un poco de comida, y una olla con agua. Vuelve a su cama, preocupado. ¿Cuándo vendrán? ¿Podrán olvidarse? No, ellos nunca olvidan. La carta era muy clara. ¿Será el último?
Le cuesta dormirse nuevamente. La pesadilla de la sábana convertida en piedra. Su madre, anciana, que le toma de la mano y lo tranquiliza. ¿Por qué ha pasado tan rápido el tiempo para ti, mamá?
Se despierta de día. Se incorpora y corre ansioso. Zapatos, comida y agua. Nada más. Llorando entra al dormitorio de sus padres. Sube a la cama y los increpa.
—¡Vosotros tenéis la culpa!
Cuatro ojos soñolientos y dos bocas risueñas.
—¿Qué pasó?
—¡Les dijisteis a los Reyes Magos que me había portado mal y no me han traído nada! ¡Vosotros tenéis la culpa!
—Y tú, ¿te has portado bien?— dice su madre.
—Casi bien, no del todo... Pero estoy seguro de que a los otros niños les van a traer regalos. ¡Voy a ser el único sin juguetes!
—Si no me contestaras tan mal...
—Te prometo que nunca más voy a contestarte mal. ¡Te lo prometo, lo juro! Pero quiero la pelota. ¡Por favor! Diles que te equivocaste. ¡Que soy bueno!
—¿No vas a contestarme mal otra vez?
—¡No, no! Nunca más. Lo juro. ¡Lo juro, lo juro, lo juro! Por Dios, por la Virgen, por el niño Jesús. Mira, por esta cruz. Pero, ¡quiero la pelota!
—¿Por qué no revisas toda la casa?
Sale corriendo. Cuando llega al comedor, sobre la mesa, allí están. Borrosos, pero están. El camioncito de madera y... ¡la número cinco! Toma ambos en brazos y vuelve con ellos al dormitorio de sus padres. Se zambulle llorando en la cama, del lado de su madre, que comienza a acariciarlo. Las caricias le hacen bien. Gira la cabeza y mira esa mano amada, sarmentosa y extraña. ¡Pero si ahora mismo eras joven!, quiere decirle a su madre anciana que, sentada a su lado, lo contempla con una mirada dulce y triste.
Desea contarle cuánto sufrió cuando imaginó ese día tan especial sin juguetes; decirle que será el chico más bueno del mundo, cuánto la quiere; y preguntarle por qué se ha vuelto tan viejita.
Pero, otra vez, su voz se niega. Ella lo toma de la mano.
—No te preocupes, Luis; descansa tranquilo que voy a estar a tu lado.
Siente su mano fría. Pero transmite calor. Nunca me dejes, mamá. ¿Por qué estás tan vieja?
Las sombras invasoras vuelven a rodearlo. Ella se va borrando con las lágrimas que se le escapan. No quiere mirarla allí donde está, porque en sus ojos permanece su imagen saludable, llena de vida. Quiere evitarle a su memoria la evocación de esos ojos cerrados, tan expresivos, de esos labios fríos, siempre con una sonrisa, y el mutismo de su boca, antes plena de palabras cariñosas. Es la despedida. Las lágrimas se le escapan con el recuerdo de tanta felicidad compartida; alguien le seca las mejillas con un pañuelo, una tenue claridad invade las sombras, percibe una mano muy arrugada que acaricia sus sienes. Es la viejecita. La que creía su madre. Está cuidándolo.
Baja la vista y ve cómo sus propias manos toman esas otras manos que tanto lo están consolando. Pero no reconoce las suyas. Son aún más enjutas y apergaminadas que las de ella. ¿Tanto tiempo ha vivido? ¿Qué pasó con su memoria?


Las sombras que en un principio lo rodearon casi en forma permanente, poco a poco se disipan. Sus recuerdos continúan muy confusos. Aparecen en sueños, y en ellos está siempre su madre. Sólo su madre y él.
Las enfermeras lo tratan cariñosamente y ya lo dejan ver un poco de televisión. Aún no puede hablar, se siente muy débil, y la anciana le da de comer en la boca. Apenas se despierta, aparece ella, sonriente y solícita. Por la mirada, sabe lo que él quiere.
Descubre lo que es la ansiedad cuando sus ojos no la encuentran, y la ternura cuando ella le habla con su voz dulce o lo toma de la mano.
Los días comienzan a ser más tibios y le permiten salir en silla de ruedas al patio. La anciana lo lleva y se sienta en un banco frente a él. Mira y admira la vida fuera de las paredes. Descubre el cielo despejado, la claridad del sol, el canto de los pájaros, el perfume de las flores, el amor por esa mujer desconocida que le brinda tanto cariño. Se siente vivo. Intenta hablar. No puede. Aprieta con desespera-ción las manos femeninas, tan confortables. Con mucho esfuerzo, las palabras salen lentamente.
—Si no estuviera tan mal, te pediría que te casaras conmigo.
La viejecita lo mira con los ojos brillantes. Hay lágrimas en sus ojos. Cree haberla herido con sus palabras. Se siente torpe, no alcanza a razonar con claridad, se arrepiente de su pedido.
—No puedo.
Una pena muy grande lo invade.
—No puedo porque ya estoy casada contigo.
Se abrazan llorando. Él, de tristeza; ha perdido sus recuerdos. ¿Qué fue de su vida? Ella de alegría; la ha elegido por segunda vez. ¿Qué más puede pedir?

miércoles 11 de marzo de 2009

El Secreto

El secreto

Yo te miré a los ojos
cuando era niño y bueno
Tus manos me rozaron
y me diste un beso.
F. García Lorca – “Madrigal”



Cuando recibo la carta —de letra y procedencia desconocidas—, imagino de qué se trata. Mis manos temblorosas apenas pueden abrir el sobre. Me cuesta leer: por la turbidez de mis ojos, las palabras borrosas, porque no quiero aceptar el destino y abandonar la ilusión del reencuentro. Los recuerdos se agolpan, se funden, me transportan: mi padre, tío Alfredo, la Negra, los más importantes de aquella lejana niñez.


La flecha dio de lleno y el sombrero de tío Alfredo cayó a sus pies. Furioso, se agachó para recogerlo, mientras miraba para todos lados buscándome. Ni se le ocurrió mirar hacia la copa del pino. Recorrió los costados de ambos maceteros, los macizos de flores; dio una vuelta alrededor del coche aparcado y con dificultad —debido a su abultado abdomen— se agachó para mirar debajo. En ese momento lancé la segunda flecha, que sacudió su trasero imponente y le hizo dar un grito, no de sufrimiento, sino de honor ultrajado. Lamenté que la punta no fuera de acero —en lugar de la clásica ventosa de goma—, mientras me contorsionaba aguantando la risa.
No sé por qué disfrutaba tanto haciéndole toda clase de maldades. Quizá porque veía ridículo lo impresionable y miedoso que era, el parpadeo irritante de sus ojos oscuros —dos pequeñas gemas tímidas y evasivas hechas de incertidumbre—, el rojo de su cara cuando reía o se enojaba, el timbre de su voz levemente aflautado, su forma de caminar bamboleante, la seriedad e importancia con que hablaba de los temas más triviales. O tal vez porque nunca le contaba a mi padre acerca de mis gamberradas.

Una tarde regresaba del colegio —estaba finalizando la primaria— y, al pasar frente al viejo conventillo abandonado, una de las doce prostitutas que pocos días atrás lo habían ocupado, me llamó por mi nombre. Me invitó a conversar en su habitación. Aprensivo, acepté con algo de temor.
Sentado en el borde de la única silla —más cerca de la puerta abierta que de la desvencijada mesita— asistí, callado y expectante, a la confección de una parva de tostadas mientras ella parloteaba atropelladamente. Apenas probé la leche que me sirvió, comí una tostada y no sé de qué me habló durante los diez minutos interminables que permanecí en el cuartucho.
Así conocí a la Negra. Apenas salía de la escuela, mis ojos escudriñaban ansiosos hasta descubrirla en aquel puntito lejano de vivos colores que esperaba caminando la angosta acera. Una suerte de curiosidad, atracción y, sobre todo, un desasosiego desconocido que me invadía cada vez que estaba en su presencia, se fue transformando, gracias a su particular carisma, en amistad y luego en cariño entrañable.
La recuerdo con sus blusas escotadas, las faldas cortas —que tironeaba para que no se le subieran demasiado cada vez que se sentaba—, los tacones finos y muy altos, esa tristeza eterna que asomaba desde lo más profundo de sus ojos oscuros —claros de luces cuando me abrazaba o recibía una caricia mía—, sus oídos ávidos de mis historias, la dulzura de su voz plena de palabras tiernas, una sonrisa contagiosa, la tez morena como la mía y el cabello teñido peinado impecable.

Las horas de clases se me hacían interminables esperando la campanada final para irme corriendo hacia el cuarto de la Negra. Tomábamos la leche y luego conversábamos sentados sobre la vieja y ancha cama, oliente de sudores y jabón amarillo. Me hablaba con nostalgia del pueblo donde se criara, el mismo donde yo había nacido pero que no llegué a conocer porque con mi padre lo habíamos abandonado cuando todavía yo era una criatura de meses.
Mis charlas generalmente se referían a mis tareas en la escuela, a los juegos con mis amigos, a los horarios rígidos y a lo poco que hablaba con mi padre, ocupado siempre en la atención de su negocio. La primera vez que le comenté, riéndome, acerca de las bromas que le gastaba a tío Alfredo, quedé sorprendido con la seriedad con que me escuchó. Entonces ella habló de respeto, consideración, amor, cualidades por mí conocidas, aunque, criado por el espíritu taciturno de mi padre, aún no había incorporado a mi vida; sus palabras abrieron mi corazón a esos sentimientos.
Reclinada mi cabeza sobre su pecho, escuchaba embelesado pequeñas historias de nuestro pueblo, donde la picardía era protagonista, el diálogo frecuente y la sonrisa constante. No podía creer que una persona dedicara tanto tiempo a hablarme con afecto, me escuchara con atención y me acariciase con ternura, acostumbrado como estaba al seco vocabulario de mi padre ya anciano y a la mirada dura de sus ojos claros, oscuros de impaciencia. Todavía me parece escucharla cantar aquellos viejos tangos que entonaba con voz dulce y sensual, su recuerdo me llega en oleadas de ternura, siento el roce de sus cabellos sobre mi frente, sus pequeños y afilados dientes mordisqueando mis orejas —la sangre me hervía, mientras el rubor trepaba por mis mejillas—, el olor acre del cigarrillo mezclado con su perfume barato, la mano que acaricia mi mejilla y la tibieza de su pecho mórbido.
Las horas volaban en su compañía y al recordar a mi padre esperándome intranquilo, ya era de noche. Debía mentir, inventar deberes escolares difíciles que, para poder resolverlos, motivaban mi permanencia hasta tan tarde en casa de algún compañero.
Una tarde cálida —la recuerdo como si fuera ayer y la he evocado cientos de veces—, mientras la Negra me mantenía abrazado en la penumbra de su cuarto, ella me confió un gran secreto que juré no revelar y que involucraba a mi padre. Esa confidencia me sorprendió, al mismo tiempo que me hacía comprender cuánta bondad y ternura había en él y lo difícil que se le hacía expresarla. A partir de entonces lo amé con un cariño nuevo.


Ardua tarea me resultó cambiar mi actitud hacia el tío Alfredo. Un día llegó estrenando un hermoso sombrero con un airón. En realidad, lo que vi en ese momento fue un enorme cerdo elegante. Le faltaban las patatas alrededor y la manzana en la boca. Apenas colgó su emplu-mada adquisición en una percha, corté unas cuantas tiras de cartón y, en cuanto se distrajo, las coloqué bajo el tafilete del sombrero. Luego comencé a observar al tío con mucho deteni-miento. Hasta que logré llamar su atención.
—¿Por qué me miras tan sorprendido?
—Es que me parece que... ¡No! ¡Es imposible!
—¡Pero, sobrino! Tenemos confianza, ¿no es cierto?
—Sí, pero... ¡Es que no puede ser lo que veo, tío!
—¿Y qué ves?
—¡Que se te está hinchando la cabeza!
Primero se rió pero, ante la persistencia de mis miradas y mi expresión de extrañeza, comenzó a visitar cada vez más seguido el amplio espejo del salón, mientras fruncía el ceño, incrementaba la velocidad del insufrible parpadeo y sus ojos se transformaban en dos rendijas perplejas.
Cuando, serio y nervioso, anunció que se retiraba, se me presentó la imagen de la Negra hablándome de respeto. La tentación de la broma era grande, pero la suave voz me reprendía dulcemente. No pude defraudarla. Fui derecho al sombrero y, sin que me viera, retiré todos los cartones. En un aparte con el tío, le conté la verdad y le pedí perdón.
Deseaba cambiar, pero, ¡cuánto me costaba! Tenía que luchar contra una costumbre ya arraigada. Poco a poco lo fui logrando, hasta que comenzó el respeto y luego el cariño. Nos hicimos compañeros en juegos y excursiones de pesca y me contagió su amor por la lectura.

El paraíso del pequeño cuarto de la Negra y el oasis que significó en mi vida duró tan sólo un año. Un día volví del colegio y no quedaba nadie en el conventillo. Recorrí desesperado sus desoladas habitaciones, llorando y clamando por la Negra. Pero, todos habían volado.
Recordando la tarde anterior en su compañía, me di cuenta de que había estado callada, unos mares pequeños ondeaban brillantes en las pozas de sus ojos. Al despedirme hasta el día siguiente me abrazó temblando, me tuvo así un largo rato y, cuando nos separamos, estaba llorando. En ese momento, no comprendí: era el adiós.


Mis manos han dejado de temblar. Ya comienzo a aceptar el hecho de que has purgado tus pecados y al fin podrás descansar de tu gran pena.
Hubiera deseado, Negra, haberme encontrado contigo una vez más. Para decirte que ese año en el que vivimos tantas emociones fue el más feliz de mi vida, me ayudaste a madurar, a parar con mis salvajes travesuras, a respetar a mi inocente y buenazo tío Alfredo, a comprender a mi callado padre. Y, lo que fue más importante, a amarlos a ambos.
Ahora que no están, que me faltan los tres, no debo callar más nuestro secreto; hoy, puedo llamarte por tu nombre: mamá.