miércoles, 17 de febrero de 2010

Cuestión de Identidad

De una máscara a otra, hay siempre un yo penúltimo que pide. - Octavio Paz


Cuando Helena vino por primera vez a mi taller de narrativa —con un traje sastre de seda rústica color gris—, me produjo una impresión muy pobre. Gorda, tímida, con una mirada huidiza y un tono de voz excesivamente bajo, expresó su deseo de aprender a escribir cuentos, aunque creía no tener condiciones y no sabía si continuaría luego del primer mes. Era una prueba que, desde niña, había anhelado realizar.
Llegaba puntual —cada día con un vestido diferente, sobrio y de diseño exclusivo—, se sentaba en el lugar más apartado, escuchaba sin participar mientras tomaba apuntes en su cuaderno con la mirada fija en él y se retiraba sola, sin conversar con nadie. Pasaron más de tres meses hasta que me entregó su primer trabajo.
—Por favor, no lo lea en clase. Es malo. Me da vergüenza—, dijo con la mirada baja mientras el rubor invadía sus mejillas. Adiviné, más que oí, el susurro de sus palabras, tapado por el incontenible torrente oral vertido al mismo tiempo por el resto de mis alumnos.
Antes de acostarme, comencé a leer el relato de Helena sin ganas y presintiendo su mala calidad. A medida que me introducía en él, la sorpresa me iba ganando. Sentí vivos a los protagonistas, estaban allí, los oía murmurar, sus emociones y las mías se mezclaban, la tensión del momento me hacía apurar la lectura, la letra se volvía borrosa con la turbidez de las lágrimas; y el final inesperado explotó en una culminación dramática incontenible.
Poco a poco —casi sin quererlo—, fui volviendo a la realidad. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tenía frente a mí una obra maestra, un cuento sintético, redondo, con un opus coronat digno de un escritor de oficio. Entonces comprendí que yo era uno de los pocos privilegiados, si no el único, que empezaba a vislumbrar a la verdadera Helena. Con su máscara pobre y mimética, ella ocultaba el fuego, la pasión bullente en su espíritu y que manifestaba solamente a través de sus personajes.
En la siguiente clase opiné sobre el material recibido y, llegado su turno, alcancé a escuchar en un hilo de voz, “después”. Llegué a la costumbre de quedarme a solas con ella, luego de retirarse el resto de mis alumnos, para conversar sobre el material que me iba entregando. Los escasos diez minutos que comencé a dedicarle, se fueron ampliando a medida que crecía mi curiosidad y lograba atravesar su coraza de protección hasta adentrarme en los estratos más profundos de su personalidad tan celosamente guardada. Para descubrir su naturaleza le hablé de cómo todos nos embozamos aparentando aquello que no somos. Puse mi ejemplo: un fracasado — mentí con el fin de ganarme su confianza—, que para sobrevivir con su taller de narrativa debía escudarse tras una máscara de escritor con oficio y seguro de sí. Al burlarme de mí, logré que ella se riera de su mezquino disfraz. La llevé hasta el botiquín del baño y le mostré el frasco lleno de píldoras tranquilizantes que debía tomar para vencer mis depresiones; de este modo conseguí que hablara de su propia neurosis.
Comprendí entonces que la esencia de su carácter era casi inexistente y crecía de afuera hacia adentro bajo el influjo de la tradición, las “máscaras del pasado”, la sociedad, la opinión de quien conversara con ella. Su vasta cultura, lo auténtico, se hallaba completamente encubierto. Cuando logré que Helena manifestara su erudición, debí usar mi propia máscara para ocultar mi ignorancia ante los temas profundos que tratábamos en nuestras conversaciones.
Su memoria era asombrosa y podía recitar poemas enteros en castellano, francés e inglés. Sus padres, inteligentes y de una personalidad muy fuerte —a mi entender castradores y con conceptos familiares arcaicos—, habían fallecido diez años atrás en un accidente automovilístico; hija única, no tenía otros familiares y nunca había tenido amigos, novio o amante. Vivía de la renta proporcionada por el alquiler de seis apartamentos heredados. Pasaba los días recluida, leyendo o escribiendo; ni siquiera salía a elegir las prendas que integraban su numeroso y creciente vestuario. Una modista renombrada concurría a su domicilio.
Puedo asegurar que en un principio no tuve ningún interés especial en Helena. Mi primera intención de dedicar unos pocos minutos semanales a despertar la vocación literaria de una alumna brillante fue cambiando; nos quedábamos conversando entretenidos durante varias horas. Mi indiferencia inicial —y posterior curiosidad—, se fue convirtiendo en admiración. ¡Por fin había encontrado a alguien con quién mantener un diálogo rico e interesante!
Comenzó a venir a casa tres veces por semana, fuera del horario de clases. Poco a poco fui dejando de ver a todos mis amigos y me dediqué a ella. Sólo en esos momentos compartidos me sentía vivo; el resto del tiempo era una interminable espera ansiosa. En forma inexplicable, ese cuerpo que en un principio me pareció regordete, se fue convirtiendo en maravilloso. Mi atracción era tal que empecé a atiborrarme de comida, así engordar y parecerme a ella. Sin darme cuenta modulé mi voz dándole sus mismas inflexiones, imité a la perfección su letra.
Su inexperiencia y timidez en todo lo relativo al sexo fue un afrodisíaco para mí. Con la intención de ir venciendo barreras en nuestra relación amistosa, en cada beso de despedida me acercaba más a su boca, inventaba una caricia nueva, más atrevida, más excitante; imaginaba cada uno de estos gestos como pequeñas llamas capaces de encender su curiosidad y despertar la pasión que fluía de sus cuentos.
A pesar de mi deseo —convertido ya en obsesión—, Helena demoró un año en aceptarme como amante. Necesitó seis meses más para vencer trabas y pudores, hasta entregarse libre a todas esas sensaciones nuevas que había ido descubriendo.
Mientras ella se despojaba de todos los prejuicios acumulados desde su niñez, yo comprendía que el encanto había desaparecido. Lo que en un principio fue un reto a mi hombría, un desafío a mi capacidad de seducción, derivó en gozos totalmente opuestos. ¿Cómo explicarlo? Luego de hacer el amor —que llegó a producirme un gran desasosiego—, empecé a maquillarme como ella, a vestirme con su ropa, a rociarme con sus deliciosos perfumes franceses, a imitar sus gestos, su forma de hablar, de caminar. Al principio creí que lo hacía para despertar su hilaridad y disimular el rechazo sexual que estaba experimentando. Más tarde, advertí sorprendido que me gratificaba, sentía verdadero placer en esas transformaciones que continué realizando no solamente en su presencia.
A medida que Helena perdía sus inhibiciones en la cama, sus cuentos crecían en audacia. La convencí de que interviniera en certámenes literarios; comenzó a ganarlos y ello la motivó para seguir compitiendo. Después de obtener un premio muy importante —que provocó un escándalo eclesiástico y la difusión de varias diatribas en los principales periódicos de bien pensantes miembros de diversas Ligas—, una editorial la llamó para publicar la obra premiada. La citaron para el día siguiente por la mañana con la intención de firmar un contrato muy interesante. La invité a mi apartamento y preparé una cena con sus platos preferidos, además de champaña; el acontecimiento lo merecía.
Llegó con un vestido muy escotado de crêpe bordado con canutillos y piedras, color fucsia, ceñido al cuerpo, la espalda descubierta y con un pronunciado tajo al costado. Me produjo un deseo inmediato. De probármelo. Para ese entonces me había depilado el pecho y éste comenzaba a henchirse con la ayuda de hormonas femeninas que me estaba inyectando. Me di cuenta —a través de sus gestos, las palabras, la entonación de su voz, la fragancia fascinante que emanaba de toda su piel—, de que quería seducirme. La alumna había superado al maestro.
Le entregué un ramo de flores, cenamos a la luz de las velas y terminamos las dos botellas de champaña. Por primera vez, desnudos y de madrugada, logré que se quitara completamente la máscara.
Descubrí el desasosiego, su inestabilidad emocional, el vacío interior en el que se debatía antes de empezar nuestra amistad. Su vida giraba centrada en actos de renunciamiento, de sacrificio, de expiación. La falta total de sustancia anímica era una amenaza continua a su estima y vivía esa pobreza vital como una maldición. Se daba así la paradoja de que pudiese alcanzar dicha sustancia mediante el suicidio, que había intentado en numerosas oportunidades.
A partir de nuestro encuentro, su vida cambió en forma radical; comenzó a valorarse como escritora y, sobre todo, se sintió plena de sensaciones femeninas, al encontrarse atractiva, al disfrutar de su capacidad de seducción.
Entonces, una luz se hizo en mi interior. Comprendí, por fin, qué era lo que yo quería. Hablé y hablé, vomité todo hasta la exageración. Le dije del asco que sentía al tocarla, del rechazo que me producía su excitación repulsiva, de que sólo era una pobre gorda grotesca.
Cuando enfiló para el baño con el extraño rostro desencajado, supe lo que ella haría. Me visto con sus ropas, recojo la máscara que Helena abandonara distraída, me la coloco, tomo su cartera y me dirijo, satisfecha, a mi nuevo apartamento, a los perfumes franceses, a los modelos exclusivos; ya comienzo a pensar en el contrato que firmaré dentro de pocas horas con la editorial.