viernes, 28 de marzo de 2014

Lola, mi suegra

Estaba deleitándome con un vino de Navarra, cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.

 Sentí que la mano venía mal barajada, ya que no había contado con la posibilidad de que mi mujer se enterara del mensaje. Con el rostro encendido, una flojedad desconocida en las piernas, un intenso deseo de desaparecer y una fingida presencia de ánimo, atiendo el llamado.

 —¡Hola! ¿Qué es eso de un mensaje mío en una botella? No entiendo el chiste. —Sabes perfectamente de qué te hablo. Sólo a ti se te pueden ocurrir estas majaderías. El mensaje estaba en una botella de vino de Navarra, ese mismo del que siempre disfrutas y seguramente estará presente en este momento en tu mesa. Flotaba en mi piscina. ¿Por qué no te confiesas?

 Imaginé a Lola con un biquini diminuto, extendida en la reposera junto a la piscina, exponiendo los glúteos al sol y con el sujetador desprendido. Rogaba que el palurdo de mi suegro no anduviera husmeando cerca.

 —¡Pero, mi querida suegra! ¿En qué momento podía haber llevado la botella? ¿Qué dice el mensaje que no podría haber dicho personalmente?

 —¡Vamos, Marito! Eso de “tu querida” es en realidad lo que pretendes. Y no me llames suegra. ¡Te mueres por decirme Lola! Podías haber dejado la botella en cualquier momento, ya que vienes seguido por casa. El mensaje era tan atrevido que se lo mostré a Ricardo y, en este momento, está yendo para tu casa.

¡El palurdo! Iba a colgar para esconderme bajo tierra cuando escucho la risa de Lola.

—¡No te asustes! Ricardo viajó y no le dije nada. Hoy a las cinco estaré en la piscina. ¿Sigues teniendo la llave de casa?